Un ventrílocuo en manos de un psicoanalista
Este relato es el segundo de la trilogía Un ventrílocuo, Mercadona y un psicoanalista (más…)
Un perro imaginario, un nihilista y la nada
Pegarte un madrugón, tomarte un cafelito e irte al horno a comprar dos barras de pan y un par de cruasanes, es el mejor momento para calcular la cantidad de mascotas que habitan en el barrio. Como vivo en un zona afectada por la globalización, he contado diecisiete chuchos, un gato siamés, dos cerdos coreanos, una iguana y una gallina ponedora. Y sí, para gustos colores. Y todas las mascotas estaban conectadas con un cordel con sus respectivos dueños a modo de cordón umbilical; de hecho, en un par de casos, he confundido al dueño con la mascota. Lo que más me ha llamado la atención ha sido el caso de un vecino que saca a pasear a un perro imaginario. La imagen del vecino arrastrando por la acera una cuerda y un bozal con la nada en su interior me ha resultado cuanto menos chocante. Como soy un tipo al que le gusta observar la vida de los demás, vamos, lo que se conoce como un científico de la cotidianidad, se me ha ocurrido preguntar al dueño de la peluquería canina que hay junto al bar de la esquina, cuestiones sobre la vida del vecino. La peluquera canina que en ese momento no hacía nada real y sí muchas cosas imaginarias, me ha contestado que el vecino es un tipo al que le gustan las rutinas, que cree en los buenos hábitos y que en alguna ocasión le ha dejado alguna propina real después de hacerle a su can un lavado y corte de pelo imaginario.

