Un ventrílocuo, Mercadona y un psicoanalista
Tengo un vecino que vive en la puerta cuatro y que se está muriendo de éxito. Tiene 36 años, trabaja en la carnicería de Mercadona aunque ahora está de vacaciones y a la edad de dos años y medio su pediatra le diagnosticó ventriloquia. Como todo ventrílocuo que se precie, convive desde hace diecisiete años con dos muñecos parlanchines con los que mantiene una relación de dependencia y claro está, de amor-odio. Como llevan veinte días de vacaciones y la convivencia se hace difícil y pesada, los dos muñecos se pasan el día discutiendo, contrariando a mi vecino y generando conflictos gratuitos. Su vida es una queja. Si mi vecino dice blanco, uno de los muñecos contesta negro, y como en los triángulos amorosos siempre hay una voz sensata y dos que sufren, el otro muñeco grita gris.
Lo mismo sucede cuando se sientan ante el televisor de 54 pulgadas cargados de cervezas y palomitas a ver un partido de fútbol. Mi vecino que es declarado hincha del Real Madrid y uno de los muñecos, un culé de pura cepa, discuten sobre los fueras de juego, se mofan del otro cuando su equipo mete un gol, piden penaltis inexistentes y fanfarronean sobre quien tiene al mejor jugador. Uno eructa y el otro suelta un aire. Cuando el ambiente se caldea y hay riesgo de que lleguen a las manos, el otro muñeco, mando en mano, pone Telecinco, apaga el televisor o amenaza con llamar a la policía. Y es que los triángulos amorosos y las relaciones a tres bandas están tan repletas de carambolas que tiene que haber una voz sensata que ponga un cierto orden. El caso es que mi vecino está cansado, no lleva la voz cantante y se siente un cero a la izquierda.
Como la convivencia ha provocado sonoros silencios, la mochila de las cuentas pendientes la tienen cargada hasta los topes y la salud mental de mi vecino está hecha unos zorros, ha decidido convocar una reunión en la cocina y tomar cartas en el asunto. Con dos votos a favor y uno en contra, han acordado ponerse en manos de un profesional que es más freudiano que Sigmund Freud.
En la consulta hablarán de su padre, del ello, del yo y del superyó; y por cosas del azar, mañana se les acaban las vacaciones y tendrán que afilar sus cuchillos y poner su mejor cara detrás del mostrador.
Mientras uno va a atender, el otro va a clavar. ¿Quién es quién?
Pd. Este texto es el primero de una trilogía dedicada a estos personajes y demás invitados. Es el número XII de una serie de relatos de verano que he estado compartiendo con vosotros en este mes de agosto. Saludos y gracias por seguirme.

