Un ventrílocuo en manos de un psicoanalista
Este relato es el segundo de la trilogía Un ventrílocuo, Mercadona y un psicoanalista
Dos imponentes e iluminadas fotografías de Jacques Lacan y de Sigmund Freud deslumbraban a la clientela en la sala de espera. Una diana con la imagen de Skinner repleta de diminutos agujeros y con dos dardos clavados en sus ojos, un solitario pez en una pecera que bien podía estar medio vacía o medio llena y una colección de diplomas estratégicamente colocados en las dos paredes que había frente a los cómodos sofás eran todos sus adornos. En el centro de la sala, una pequeña mesa auxiliar dejaba espacio a unas cuantas revistas del corazón que bien podrían ejercer de desengrasantes para iniciar la introspección y la narración de secretos propios. Tal vez fuera, que al observar exposiciones de vergüenzas ajenas ayudara al ejercicio de hacer públicos las propias.
Quince minutos de espera y los ánimos empezaban a caldearse. Uno de los muñecos intentaba tirar un dardo a Lacan, recibiendo la bronca del otro para que lo dirigiera al bueno de Sigmund. -Buenas tardes, pueden ustedes entrar. Los tres se levantaron al mismo tiempo y entraron en el despacho del psicoanalista, un tipo más bien alto, con una prominente barriga, pelo canoso y perilla. Mi vecino junto a uno de los muñecos, se sentó en uno de los dos sillones de confidentes, mientras que el otro se tumbó directamente en el diván. Cuando el profesional preguntó por el motivo de la visita, mi vecino empezó a hablarle de un extraño sueño que le atormentaba desde hacía seis meses.
-Doctor, un gran agujero negro me persigue mientras floto en el espacio exterior y justo en el momento en el que voy a ser absorbido o abducido, me despierto sudoroso y sobresaltado. Y el sueño se me repite todas las noches.

Cuando el psicoanalista intentó retomar la conversación, el muñeco del diván lo interrumpió con grandes toses y con un largo y sonoro eructo.
– Perdón doctor, tendrá usted que disculparlo, -dejó caer lacónicamente el bueno de mi vecino-. Últimamente andamos un tanto estresados y estos dos, dijo señalando a los dos acompañantes, han perdido las buenas maneras, mil disculpas. El terapeuta, más freudiano que el bueno de Sigmund, sostuvo una mirada silenciosa durante cuarenta segundos, inspiró profundamente y le explicó que su mente inconsciente funciona como un desequilibrado chico de dieciocho años que solo piensa en comer, beber y tener sexo, y que del consciente y de los muñecos, si acaso ya hablarían más adelante. Mire, su psique es un tres en uno. Tiene tres componentes, el ello, el yo y el superyó. El muñeco del diván, que parece un tanto impulsivo además de maleducado representaría en su casa el ello. El otro muñeco representa la parte más moral de su vida y se encarga de poner freno a sus instintos más básicos y sería el superyó; y me da que a usted le corresponde el papel del yo, que intenta equilibrar las dos fuerzas. Usted sería una especie de árbitro que en su casa dice cuando una acción es falta o no, pero me da que ha perdido el silbato y la capacidad de mando. Una sonora carcajada resonó desde el diván. – ¿Que ha perdido el pito, dice? Vámonos de aquí.
– Tiene usted en su casa un muñeco que le recuerda lo que quiere hacer y el otro lo que debe hacer, y en esas estamos. -¿Este tío qué ha fumado? Protestaba de nuevo el muñeco desde el diván. Como veo que hay profundos desacuerdos en su mente, estos desequilibrios suelen acabar en sexo y en violencia. Y lo de la violencia ya lo veo, pero y ¿el sexo? ¿cuánto tiempo hace que no tienen ustedes relaciones sexuales?
El muñeco sentado en el sillón de confidente, que según el psicoanalista encarnaba el papel del superyó, preguntó: ¿Sexo entre nosotros, doctor? Por el amor de Dios. No, claro que no, me refería a relaciones sexuales externas. Mi vecino tomó el papel dominante y reconoció que desde hacía dos años, ocho meses, veinte días y cuatro horas, no intercambia fluidos. Otra sonora carcajada resonó desde el diván mientras el otro muñeco dejaba caer una ligera lagrimita por su mejilla. ¿Y mi sueño del agujero negro, doctor?
Respecto al enorme agujero negro tal vez sea un problema no resuelto con el sexo femenino y que ese agujero que lo perseguía, bien podría representar una gran vagina. Pero fíjese, su lado impulsivo desea tener sexo pero su lado moral lo frena y hace que se despierte, ¿lo entiende? ¿Y usted qué hace mientras? Está dejando que el superyó maneje su vida y de ahí este desequilibrio que usted presenta. Tiene que aprender a equilibrar sus fuerzas. Yo le propongo que asista usted a terapia dos veces por semana y con la condición sine qua non de que deje a sus muñecos en casa o que deshaga de ellos.
Dos dardos impactaron en la imagen de Lacan y la pecera quedó media vacía y sin pececito en su interior. Cinco minutos después estaban caminando hacia su trabajo, un nuevo día después de unas larguísimas vacaciones. Mercadona, su próxima parada. El psicoanalista, ni está ni se le espera.

