Un vegetariano haciendo de matarife
Mi vecino de la puerta cuatro tiene 56 años, está separado, no tiene hijos, es propietario de una hipoteca de euribor más uno desde hace quince años y tiene un perro callejero que responde al nombre de Jonás. Como es un romántico y tiene apego a los clásicos, mantiene la suscripción mensual a la revista Reader´s Digest pese a que le cuesta llegar a fin de mes y no deja de invitar a café al vendedor de pañuelos ubicado en el semáforo que hay a la salida del barrio. El mismo apego parece tener con el abono de temporada del equipo de sus amores. Un club de fútbol que milita en tercera división desde hace 60 años y que la máxima alegría que le ha dado fue el día que ganó un jamón de Calamocha, Teruel, en una rifa de Navidad; y de eso hace ya 32 años. Mi vecino es miembro del partido animalista, vegetariano convencido y lo peor de todo, es un parado de larga duración.
Desde hace 4 años que no trabaja en A pero como estamos en un país en el que los planes en B están muy enraizados, hace chapuzas con las que poder pagar los recibos de agua y de luz, estar al día con su hipoteca del euribor más uno y poderse tomar algún vino de supermercado los domingos por la tarde.
Como tiene tiempo libre, se aburre, es muy desconfiado y carece de central de alarmas, ha instalado un videoportero que lo mismo hace función de amígdala que de parrilla televisiva. Mientras el personal está viendo el telediario, un documental de National Geografic, el partido de fútbol o el Masterchef, se pasa las horas escudriñando todo lo que ocurre en el umbral del patio. Según se levante con el pie derecho, con el pie izquierdo o el día haya salido más o menos nublado, igual le da por desearle un buen día a la viuda de la puerta nueve, que se pone a hablar de la critica de la razón pura de Kant con el adolescente de la puerta seis, que le da por discutir con el vendedor a domicilio de Kebabs de lo dañina que es la carne para las arterias y para la sesera. De hecho, cada vez que ve en la puerta al repartidor de pizzas, un alumno de tercera de filosofía que trabaja de noche para pagarse los vicios de día, toma partido a favor de los epicúreos criticando a los estoicos.
Mi vecino ha recibido una carta del INEM comunicándole que tiene una oferta de trabajo y le ha dado un síncope. El matadero del pueblo necesita un matarife con experiencia porque el último, después de asistir a un encuentro de crecimiento personal, ha descubierto su verdadera razón de ser y ha decidido pelear por su sempiterna vocación profesional. Un matarife a la caza de su destino. Ha dejado el trabajo, ha dicho adiós a su madre, se ha despedido por Messenger de la novia de toda la vida y se ha ido a Madrid a probar suerte para dedicarse al mundo del séptimo arte. Mamá quiero ser artista, gracias por todo, fueron sus últimas palabras.
Mi vecino se ha ido a urgencias debido a una crisis existencial y se enfrenta a un gran desafío:
A. Me vendo al enemigo so pena de ir contra mis elevados principios o,
B. Sigo haciendo chapuzas con las que pagar la hipoteca de euribor más uno, seguir invitando a café al vendedor de pañuelos, pasear a Jonás y filosofar detrás de un videoportero.
Mi vecino lo tiene claro, antes muerto que sencillo. Es español, ha sabido lo que le pagaban en nómina y ha recordado que tiene un maravilloso plan B.

