Un perro imaginario, un nihilista y la nada
Pegarte un madrugón, tomarte un cafelito e irte al horno a comprar dos barras de pan y un par de cruasanes, es el mejor momento para calcular la cantidad de mascotas que habitan en el barrio. Como vivo en un zona afectada por la globalización, he contado diecisiete chuchos, un gato siamés, dos cerdos coreanos, una iguana y una gallina ponedora. Y sí, para gustos colores. Y todas las mascotas estaban conectadas con un cordel con sus respectivos dueños a modo de cordón umbilical; de hecho, en un par de casos, he confundido al dueño con la mascota. Lo que más me ha llamado la atención ha sido el caso de un vecino que saca a pasear a un perro imaginario. La imagen del vecino arrastrando por la acera una cuerda y un bozal con la nada en su interior me ha resultado cuanto menos chocante. Como soy un tipo al que le gusta observar la vida de los demás, vamos, lo que se conoce como un científico de la cotidianidad, se me ha ocurrido preguntar al dueño de la peluquería canina que hay junto al bar de la esquina, cuestiones sobre la vida del vecino. La peluquera canina que en ese momento no hacía nada real y sí muchas cosas imaginarias, me ha contestado que el vecino es un tipo al que le gustan las rutinas, que cree en los buenos hábitos y que en alguna ocasión le ha dejado alguna propina real después de hacerle a su can un lavado y corte de pelo imaginario.

Cada mañana y cada noche a la misma hora mi vecino coge una correa, un bozal, unas bolsitas para recoger las necesidades imaginarias, cierra la puerta con llave y sale a pasear a nada. No sé si la nada lo pasea a él, él pasea a la nada o es un nihilista discípulo del gran Diógenes. Como el resto del vecindario lo conoce y con el fin de evitarle un psicotrauma con una prueba de realidad, suelen saludar primero al perro imaginario por medio de una caricia real y después se despiden del dueño con un un “¡pobre hombre!” imaginario. En sus paseos se detiene en las olorosas esquinas marcadas por lo real y se arma de paciencia delante de ruedas de coches olisqueando micciones imaginarias. Y es que a lo imaginario y a la nada, les gusta marcar el territorio y confundirse con la realidad. Como mi vecino es un tipo cuidadoso y un tanto neurótico, se ha inventado un silbido para no perderse en la nada y así, evitar un brote real, y además, suele gastar bolsitas reales con las que recoge las necesidades imaginarias. Como soy un tipo constante siempre que me propongo realizar una actividad, le he seguido sigilosamente hasta la puerta de su casa. El felpudo del rellano tenía escrita la siguiente máxima: Cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro. Diógenes. He puesto mi oreja tras la puerta y he escuchado el ladrido de un perro, no sé si real o imaginario. He llamado al ascensor, he mirado en el espejo y le he dicho a mi amigo imaginario: solo sé que no sé nada. No somos nada.

