Creencias, razones y un bocadillo de calamares
Imagínate que tienes un cuadrado repleto de arena y necesitas enterrar un tesoro antes de que un grupo de corsarios te encuentre. Estás solo, hace un calor de mil demonios y te corre prisa. Miras el cuadrado, que equivale a un mapa, y dibujas una cruz en el lugar exacto donde has decidido esconder tu preciado tesoro. ¿Ya? Guarda esta información porque luego la vamos a utilizar. Y una pregunta más: ¿qué figura geométrica pondrías dentro del cuadrado? Muy bien. Luego lo veremos*.
Vamos a hacer un juego reflexivo y con cierta autocrítica
¿Cuándo fue la última vez que cambiaste de opinión ante algo importante? ¿Hace un año? ¿Dos? ¿Tres? ¿No lo recuerdas? Tal vez la respuesta sea: nunca. No desesperes, es bastante habitual en la especie humana. Somos tercos, nos encantan nuestras creencias (son nuestras y de los nuestros), las compartimos con los miembros del clan, y además, son únicas, verídicas, infalibles y, lo mejor, nos dan la seguridad que necesitamos.
Si basas tus creencias en hechos factibles, seguramente a lo largo de la vida cambies voluntariamente de opinión. Pero lo que realmente hacemos es buscar razones que respalden y refuercen nuestras creencias, y muy hábilmente pasamos por alto la información (real) que no nos interesa.
Hay temas que es mejor no mencionar en un encuentro con personas con las que compartes amistad o trabajo: política, religión y, tal vez, fútbol. Los llamados “temas tabú”. Yo intento evitar esas conversaciones; me desgastan, me ponen de mal humor, y suelen ser inútiles, si el objetivo es intentar que el otro cambie de opinión o al menos reflexione sobre la suya. Excepción evidente es la terapia, terreno donde el paciente reconoce que tiene algo que cambiar, y por ello da permiso para que sus creencias sean cuestionadas, puestas patas arriba, o incluso desterradas. Eso requiere valentía, y ojalá todo el mundo revisara sus creencias.
El mundo está lleno de forofos, sí. Forofos incapaces de abrir sus oídos ante una evidencia plagada de razones y datos objetivos que ponga en duda su creencia. El curioso caso de “orejas menguantes” deja de funcionar cuando surge algún dato que refuerza lo que uno cree, y hete aquí que tenemos un orejón. Este fenómeno se conoce en psicología como sesgo de confirmación (Nickerson “Confirmation bias: A ubiquitous phenomenon in many guises” en Review of General Psychology).
“Los roquetas con tupé, los contrabajistas de jazz y los señores regordetes con gafas no saben conducir.”
Pongamos como ejemplo esta creencia: “las mujeres al volante son un peligro constante”. Seguramente, si eres mujer, la habrás escuchado en boca de algún graciosillo o de algún energúmeno en la carretera. Bien, imaginemos que tienes esta creencia grabada en tu sesera y sales un domingo con tu flamante coche. Con esa predisposición, tu detector de peligros (tu amígdala) va a cien por hora; y tu radar de motivos para enfadarte, a mil. Ves a lo lejos un coche a una velocidad sospechosamente lenta (“¡Seguro que es una tía!”, piensas). Aceleras e intentas ponerte a su altura para confirmar tu pensamiento, pero compruebas que es un señor con barba, gafas, algo mayor. ¡Bueno! Sigues conduciendo como si nada. Al rato un coche se cruza por tu izquierda sin poner el intermitente, y lanzas un: “¡Joder, si es que no se enteran!”. Tu cerebro tiene ganas de salirse con la suya y confirmar su teoría. ¿Quién conducirá tan mal? Esta vez es un chico joven con tupé, patillas largas, algo miope y cara de pocos amigos (“Un roqueta fumao”, piensas). Y sigues centrado, con las manos al volante. Dos minutos después llega la rotonda: un coche invade tu carril (“Joder, ¿es que el retrovisor lo tienen de adorno?”). Aceleras y te propones ver la cara de esa inútil que va al volante: un contrabajista melenudo de jazz, camino de un concierto y un tanto despistado.
Y entonces, harto de que el mundo conduzca tan mal, tienes la necesidad imperiosa de escuchar música. Abres la guantera y buscas tu CD favorito, pero el semáforo acaba de cambiar y no te has dado cuenta: le pegas al coche de delante. ¿Tú? ¿Cómo es posible? Y es entonces cuando escuchas a una mujer decir: “Sí, me acaba de dar un gordo, calvo… el típico dominguero en chándal.”
Resultado final: Esto no me está pasando a mí.
Número de ocasiones en las que ha fallado tu idea de que la imprudente era una mujer: infinitas.
Una creencia errónea que queda intacta: Las mujeres conducen fatal.
Si el protagonista de nuestro ejemplo tuviera un cerebro algo dúctil, cambiará su percepción del asunto, sobre todo, de sí mismo. Pero si no, seguirá en sus trece.
¿Has estado en alguna tertulia donde una persona progresista modifique sus creencias, al discutir con otra más conservadora, porque ésta tenga un razonamiento más fundamentado y lúcido respecto a determinado tema? ¿Y a una persona conservadora reconsiderar sus ideas? Yo no.
Veamos el caso de la homosexualidad. Todavía hay un sector de la población que los considera enfermos, desviados y que pueden resultar un peligro para la sociedad. Bien, pues la ciencia dice que son tan enfermos como tú y como yo. Pero el primer grupo se va a nutrir de sus ideólogos, sus revistas pseudocientíficas y sus terapias de grupo para fomentar mil razones que refuercen esa creencia. Sí: cualquier dogma o pensamiento puede ser justificado y respaldado por una ingente masa humana. Recordemos los seguidores de Hitler.
Todo es opinable, razonable o cuestionable, pero es evidente que hay ciertas verdades, sanas y lógicas, que priman. Y tú, ¿de qué eres: de creencias o de razones?
*Por cierto, ¿la figura que te habías imaginado dentro del cuadrado era un círculo? ¿no? Déjame que me concentre un poco más. ¿Un triángulo? Soy un hacha. Y una más: ¿habías enterrado tu preciado tesoro en una de las zonas que están señaladas por los puntos que te señalo? ¿Si? Vaya, parece que el curso de parapsicología y encantamiento que estoy haciendo a distancia me está sirviendo de algo. Si te parece, en un próximo post hablaremos del mundo de la quiromancia, tarotistas, espiritistas, adivinos, brujos y demás farsantes. ¿Eres de los que piensan que el alma pesa 21 gramos? ¿Hay personas con capacidades paranormales? ¿Y existe el más allá? ¿Y las casas encantadas? ¿Y el diablo y el exorcismo? Pues va a ser que no, y hete aquí, que en estos temas, hay mucho de creencia y nada de razón. En un próximo post y con tu permiso, dejaremos las creencias a un lado y propondremos razones. Buena semana. Te dejo, que me voy de viaje astral a un bar del centro de Madrid a comerme un bocadillo de calamares.
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