Una tapa sin cerrar y un salto por la ventana
Dicen que cuando el hambre entra por la puerta, el amor salta por la ventana. O lo contrario, que cuando el amor llega por la puerta grande, el hambre pone pies en polvorosa por la ventana más pequeña. Un ejemplo de las contradicciones de la vida y de los errores que tiene el refranero popular, mi vecino de la puerta tres. Cuando le pica el gusanillo y se le despierta el hambre emocional y vital, salta por la ventana para ir a hacer la compra de las faltas; dos barras de pan, una decena de huevos, un flirteo, un poco de verdura, algo de pasta o arroz, un alivio y algún resquicio de amor, ganas de sexo y un buen vino de Ribera del Duero. Y lo mejor de todo es, que aunque el hambre salga pitando por la ventana, el amor ha llegado a su vida y no se va a marchar, solo que él no lo sabe todavía.
La vida de este tipo no tiene misterio y no se aleja mucho de la del común de los mortales. Un día a día repleto de rutinas positivas, trabajo casa y casa trabajo, trayectos de vuelta sin perder de vista su hogar; lectura de algún buen libro junto a una buena taza de café los domingos por la tarde, algo de cine, pasear por la orilla del mar, ir a clase de Pilates los miércoles tarde y sábados por la mañana y pocas cosas más. Bueno, para ser más justos habría que añadir algo más de realidad a su descripción. Además de saltar por la ventana cada vez que sale hambriento de casa y volver a su dulce hogar por la puerta principal saciado y como dios manda, el tipo detesta enormemente encontrarse con las tapas de los inodoros abiertas. Tiene la teoría de que en el mundo habitan dos tipos de personas, las que bajan la tapa del inodoro o las que la dejan subida, o lo que es lo mismo, las que van por la vida hacia algún lugar y las que van hacia ninguna parte; las que suben y las que bajan; las que suman y las que restan; las que piensan en los demás y las que piensan en ellas mismas; las que tienen cierto control sobre su vida y saben guardar un secreto, y las que van a galope de sus impulsos y hacen de la deslealtad su bandera. Una teoría dicotómica de ganadores y perdedores que el tipo lleva hasta sus últimas consecuencias.

Cuando se entera de que un buen amigo empieza a compartir casa con una nueva pareja, insiste en conocerla lo antes posible y se auto-invita cena mediante. Lo primero que hace cuando llega tras dar el saludo de rigor, es lanzar por lo bajini una urgencia fisiológica y así escudriñar el baño principal y de paso, analizar la tapa del lavabo secundario. Un sabueso orinico que sin entrar en el frondoso mundo de los sueños y pesadillas analiza sin prejuicio alguno las personalidades y las tapas ajenas; un detective onírico que puede convertir el mejor de los sueños de sus amigos en un sumidero, una tubería, una cisterna, una cadena, un marrón y una despedida. Vamos, un tipo tan peculiar como inofensivo, bocazas y normal.
Sí, mi vecino, un tipo de mediana edad que no parece tan entrado en años como marca su edad; acaba de conocer a una joven atractiva, lista, apasionante, apasionada y afrancesada mujer por la que por arte de birlibirloque, él se bebe los vientos (¿Por cierto, alguien sabe cómo se beben los vientos?). Y hoy es el día en el que el héroe de mi vecino ha invitado por primera vez a su semidiosa a pasar una velada en su casa. Anda un tanto nervioso, preocupado por la limpieza y el orden y por querer causar una buena impresión de sí mismo. Buena decoración, algo de sushi, vino de Ribera, algo de música francesa sonando por los altavoces. Inquietud, esperanza, la ventana del patio de luces cerrada a cal y canto y deseo, mucho deseo.
Suena dos veces el timbre de la puerta. Comprueba por la mirilla y tras la puerta, enorme, ella. Se acicala en el espejo, se comprueba la bragueta, un suspiro motivacional y lentamente abre la puerta. Medio tembloroso exhala un hola con respuesta, una mano tendida cazadora de muñecas, una mirada de complicidad y dos simples besos de ida y vuelta. Dos pasos cruzando el umbral, una tenue luz, una mano en la cintura, un pasillo con perspectivas, un deseo, amor, futuros fluidos y altas expectativas.
- Perdona, ¿dónde está el lavabo?
- ¡Ah, sí, disculpa! Está al fondo del pasillo, la última puerta a la derecha.
Cinco minutos de espera, dos canciones de amor para mantener la alerta, una fría cerveza recién abierta, una copa de vino, unas tostas y una mente orinica que escudriña sin prejuicio alguno la personalidad y la tapa de ella.

La mente onírica de mi vecino se ha encontrado la tapa del lavabo abierta de par en par y un mensaje en el espejo. Querido, da igual si el gato es blanco o es negro, lo importante es que cace ratones. Querido, da igual si tu tapa o la mía quedan abiertas alguna vez, lo importante, es que cuando toque, no te olvides de tirar de la cadena. Tuya. Te deseo.
Seis meses después, mi vecino ya no sale de compras por la ventana del patio de luces, ni tampoco hace mucho caso del refranero popular. Hoy, mi vecino, sonríe cuando ve a su chica saliendo del cuarto de baño sin cerrar la tapa del lavabo, ya sea por olvido o por fastidiarle; ha guardado a su mente orínica bajo llave en el repleto estante de lo absurdos e imposibles y ha mandado al detective onírico vendedor de teorías dicotómicas por el sumidero. Hoy, mi vecino, ha aprendido que la vida es mucho más que una tapa bien cerrada, saber cuando tirar de la cadena y que aunque el hambre salga pitando por la ventana, el amor ha llegado a su vida y parece que no se va a marchar; solo que él no lo sabe todavía, o sí. Ni más, ni menos.

