Dicen que la vida es una gran aventura repleta de trayectos de ida a destinos desconocidos a los que nos dirigimos con un posible billete de vuelta. Hoy puedes estar en una estación, subirte al tren de media tarde y encontrarte de repente con unas ganas infinitas de que el tren se averíe hasta el infinito y más allá, y no aparecer en tu destino. Cambios de rumbo, aventuras y un tren que no puede parar, un tren libre de averías. A veces, la vida es lo más parecido a una suma de una sucesión de rotondas infinitas rodeadas de callejones sin salida (nuestros bucles cognitivos) y de espacios vacíos de contenido que pintan de claroscuro muchos de nuestros trayectos (aquel túnel sin el expreso que tan bien cantaba Joaquín Sabina). Pero otras muchas veces y como no podía ser de otra manera, la vida te presenta fantásticas alamedas por las que pasear descalzo e inolvidables paisajes en los que fusionarte y no volver del país del nunca jamás. Y en ocasiones y de forma más mundana, la vida nos ofrece algún simpático guiño bajo la forma de una mirada cómplice de ida con un billete de vuelta o bajo el formato de una sonrisa. Un posible nuevo rumbo, una aventura, un tren que no va a parar, un tren libre de averías.

Y los guiños pueden ocurrir en un modernísimo tren de larga distancia repleto de las mejores comodidades y sin un destino determinado; o durante el trayecto en un desvencijado tren de cercanías que dura tan solo tres paradas. Que más da, esos son los momentos en los que el destino al que te diriges te importa poco o nada.

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El tren había salido puntual una vez más desde la misma estación que había pisado centenares de veces y en la que nunca le había ocurrido nada extraordinario, a excepción de aquella vez que le robaron la cartera con la documentación y los billetes. Ese día no era el mejor de sus días, no viajaba con sus mejores galas, pero no le importaba, no las necesitaba. No esperaba nada especial o extraordinario, solo esperaba llegar a casa, cenar algo casero y poder descansar en su anhelada cama. No era seguidora de las películas en las que aparece el personaje pluscuamperfecto príncipe azul, ni tampoco destacaba en su repertorio peliculero las comedias románticas en las que chica se tropieza con un chico de manera fortuita tras doblar una esquina y que de repente surge el amor romántico con campanas de boda para toda una vida. Ella vivía de otra manera, no creía en esas historias de final feliz aunque en el fondo, muy en el fondo, anhelaba sentir una historia similar y sonreía cuando pensaba en ello.

El bar del tren estaba casi vacío. Una chica que intentaba pagar por un bocata y que no tenía suficiente dinero discutiendo con la simpática camarera. Allí estaba ella y a su lado el chico con el que había mantenido un cruce de miradas en la fría estación. Un guiño en forma de sonrisa con viaje de vuelta fue el inicio de una conversación que les llevó a trasladarse al país de los imposibles, al país de los sueños inacabados. Un mundo de emociones positivas revoloteaba en el ambiente. Tanto ella como él, tenían vidas previas y no eran vidas paralelas. No, no eran cosas del destino, no era una película romántica, era simplemente un guiño. La única cerveza que había en el bar del tren era de la marca Cruzcampo y él la odiaba. Y ella, que no le importaba en absoluto esa insignificante circunstancia, pidió que brindaran en varias ocasiones y le pidió que se olvidara de sus fobias y sus filias. Recuerda que hoy es un nuevo trayecto, un guiño que nos da la vida, parece que le dijo. Las latas de la ahora sí, sabrosa cerve, se iban acumulando en una esquina de la cafetería en la que ya imperaba el silencio. Estaban solos los dos y la diligente camarera. Voces bajas y juegos malabares.

Dos completos desconocidos compartiendo un trayecto con un destino fijo y diferente. Dos desconocidos hablando de sus proyectos personales en formato pasado y en futuro. Intercambio de sueños y de los mejores deseos. Dos desconocidos manteniendo sus miradas durante dos minutos y un abrazo. Dos conocidos que se despidieron así, si más, con dos furtivos besos. Ella sigue teniendo una tos sensual y él a día de hoy y después de tanto tiempo, ama la Cruzcampo. Dos desconocidos que no se volvieron a encontrar y que conviven encantados con ese guiño. Ella, algunas noches cuando se mete en la cama y al cerrar los ojos, recuerda su mirada durante dos minutos. No existen las princesas y los príncipes azules, eso es cosa de los cuentos y de las películas con final feliz en las que nunca se narran los problemas que nos ofrece la vida. Sin embargo, la vida nos depara sorpresas que nos hacen sentir como si el mañana no existiera, solo hay que dejarlos entrar y saber despedirnos. Y sí, la vida nos ofrece guiños bajo la forma de una mirada cómplice con billete de ida y de vuelta o bajo el formato de una sonrisa bidireccional. Un posible nuevo rumbo, una aventura, un tren que no va a parar, un tren libre de averías. Diferentes destinos pero similares deseos.