Un tipo afortunado y solitario que ya tiene quien le escriba
Mi vecino de la puerta siete es conocido en su edificio y en la extensa barriada del centro de la ciudad por ser un tipo solitario y con mucha suerte. Aunque él no está de acuerdo.
Cada vez que sale de su linda morada, con un rumbo fijo o sin un destino que meterse entre pecho y espalda, se encuentra con cosas que para el común de los mortales pudieran ser dignas de un tipo afortunado. Como mi vecino es un tipo amante del acá y del allá, le gusta tener un ojo puesto en el horizonte para no perder el norte y un ojo puesto en el acá para evitar tropezones, sortear conflictos o simple y llanamente evitar chafar cacas de chuchos tobilleros. Sus salidas de día y sus entradas de noche van siempre acompañadas de una buena estrella que le hace aumentar el saldo en su número de cuenta. Aunque a él, eso, se la trae al pairo.
Lo mismo se encuentra con solitarios billetes de diez y de cinco euros medio doblados y abandonados en esquinas coloreadas con recuerdos de canes, que se le aparecen monedas de dos y de un euro mimetizadas entre chapas y tornillos, le surgen carteras sin DNI y con fajos de dinero engomado de dudosa procedencia, o cosas con o sin sentido, transparentes Poltergeist para el resto de los mortales pero que para él, son lo más parecido a la luz de Carol Anne. Un trasto ruinoso que se convierte por arte de birlibirloque en la atracción de la feria de compraventa de los domingos por la mañana. Un recinto ferial repleto de mangantes, de gente abollada con venas machacadas y de perdedores al uso esperando lograr una victoria pírrica a las doce en punto con penalti, padrenuestro y expulsión. Aunque a él, nada de esto parece importarle.
Mi vecino tiene la firme convicción de que su vida es cómoda, bastante fácil, repleta de rutinas positivas y además sabe que todo el mundo que lo conoce piensa de él que es un suertudo, un tipo afortunado, sí, solitario, pero un tipo al que tener cierta envidia. Pero como dijo el bueno de Groucho, que detrás de todo gran hombre hay una gran mujer y detrás de ellos, su esposa; a toda firme convicción le pones un destornillador, unos alicates y un poco de maña, y fácil es que salte todo por los aires. Y es que a mi vecino, sus firmes convicciones le están haciendo agua desde hace un tiempo a esta parte. Aunque él no está de acuerdo, o parece no importarle.
Desde hace un año y tres días que ya no encuentra cosas de valor por la calle, o por lo menos, cosas de valor para el resto de la gente. Pero a él parece no importarle.
Por estas fechas, se cumple un año del que fue su día de suerte, un día grande en su vida. Y no fue cuestión de engomados fajos de billetes encontrados junto a un contenedor, ni de cacharro tecnológico al que sacar una pasta gansa, ni un billete de lotería premiado con diez mil euros como le pasó en las navidades de hace dos años, no. Su suerte cambió el día en el que la vida le puso en escena como por arte de magia un caramelo que hoy guarda como oro en paño, su ahora, bien más preciado.

Un caramelo de sabor delicioso, en buena forma y mejor envoltorio al que mira cada día y cada noche, al que imagina en su boca desnudo encontrando decenas de matices y con el que juega en su mano fantaseando futuros cercanos. Un dulce caramelo picante al que arde en deseos de hincarle el diente y hacer que se deshaga y se derrita por dentro. Hoy, el caramelo que le ha dado la vida, está en la vitrina de los deseos y proyectos, junto al estante de los imposibles, de las cosas molonas y de las cosas de la vida y del querer, esas que no tienen un cómo, un dónde y un porqué.
A veces, la vida te puede presentar un simple caramelo que puede hacer que las mañanas cobren un sentido, que las tardes se revolucionen y que las noches aguarden ansiosas una parada en el tiempo para reescribir un relato, explotar en un caliente interior, dar un eterno abrazo, recibir cien besos y apostar por un efímero adiós.
Sí, hoy, y desde hace un año, la vida para el ex-solitario y suertudo de mi vecino es un caramelo, ni más ni menos, su caramelo.
Hoy, el bueno de mi vecino toma la forma de un buen coronel y ya tiene quien le escriba.

