Un supersticioso, un gato negro y unos calzones granates
Mi vecino de la puerta trece es un tipo supersticioso, un tanto contradictorio y medio calvo en amistades, en amor y en dinero. Pese a no gustarle los animales de compañía tiene un lindo gatito negro apodado Quevedo y un llavero con una pata de conejo que en ocasiones, hace las delicias del felino. Le gusta el color amarillo y la vida se la toma como algunos futbolistas cuando saltan al terreno de juego; cada vez que sale de casa toca con los dedos en el suelo, se los lleva a la boca, se santigua y pese a ser zurdo cuando cruza el portal pisa fuerte con su pie derecho.
Como es un tipo ofrecido en el amor al que le gustan las buenas costumbres, cada vez que acude a una cita repite la parte de la vestimenta de aquella ocasión en la que acabó, por primera vez, intercambiando fluidos. Mi vecino es de los que piensan que si has tenido éxito en una entrevista de trabajo, en una exposición o en una primera cita amorosa, la suerte puede venir dada por la ropa que llevas o por un simple bolígrafo de la suerte; y como es un sentimental y anda sobrado de testosterona, cuando acude a las citas que le proporcionan los match de Tinder, va acompañado de sus sempiternos calzoncillos color granate de marca abanderado y su boli amarillo de marca Bic. Y es que la repetición, al igual que los pensamientos mágicos y supersticiosos le aportan a uno control, templanza, seguridad y vida.

Mi vecino, un jovial Acuario lector de horóscopo diario y orate de las cartas astrales, cree que los vientos planetarios están de su parte y que el día de hoy y por lo menos hasta que se vaya el sol, va a tener un excelente día. Lo malo, es que de la misma forma que existe un yin para un yang y siempre hay un roto para un descosío, la noche le tiene preparada una sorpresa de las que le quitan a uno el hipo; hoy hay luna llena. Y todo el mundo sabe que cuando un satélite campa a sus anchas el personal se vuelve muy quisquilloso y que casi mejor hacerte con una ristra de ajos y una bala de plata por un, por si acaso.
Hoy martes a las cinco en punto de la tarde (la hora de la muerte), mi vecino y su gato Quevedo han quedado en un local del centro de la ciudad con una muchacha de mediana edad, zurda y pelirroja con la que se lleva viendo y carteando desde hace seiscientos sesenta y seis días. Esta mujer ha hecho que se despertaran en él los deseos más primarios y secundarios, pues lo mismo se vuelve loco cuando le lee las líneas de la mano y hablan de cartas del Tarot, que fantasea positivamente en cómo sería su vida si se casara con ella; y para más inri, esta pelirroja adora los gatos. Como mi vecino es un tipo detallista, romántico y un sentimental de pura cepa y además, está convencido de que el matrimonio le aportará pingües beneficios a su vida y a la del gato, se ha puesto su mejor perfume y sus sempiternos calzoncillos de color granate que tanta suerte le han dado, ha comprado un anillo de saldo por eBay y se ha agenciado con dos tarjetas de embarque para irse de crucero lunático de miel por los fiordos noruegos. La tarde se está haciendo larga y el sol está a punto de evaporarse por el horizonte y dejar paso a la protectora de la licantropía. Un ramo de rosas ornado de tréboles de cuatro hojas se está resecando sobre la mesa de un local junto a un anillo y a un semivacío Gin-tonic; un gato negro maúlla entre las piernas de un perdedor y unos dedos cruzados escondidos debajo de la mesa esperan a que una mujer cruce el umbral de la puerta. No hay señal de retorno a sus mensajes de Messenger, Tinder desconoce a quiromante zurda pelirroja para posible match y un teléfono está apagado o fuera de cobertura. Lo mismo que cuando el amor entra por la puerta, la memoria pone los pies en polvorosa y escapa por la ventana, mi vecino ha olvidado que justo el día de hoy es martes y todo el mundo sabe que los martes, ni te cases ni te embarques.
En breve, un gato negro apodado Quevedo y su dueño, un tipo supersticioso, un tanto contradictorio y medio calvo en amistades, en amor y en dinero se van de crucero por los fiordos noruegos en compañía de una pata de conejo, unos calzoncillos color granate y un bolígrafo Bic por un, por si acaso.

