Un mono y un rentista de cuidado
Mi vecino de la puerta cuatro es un rentista de cuidado. Viene de una familia de rancio abolengo que le ha permitido vivir la vida con escaso estrés y sin pegar un palo al agua. Como mi vecino es un tipo un tanto snob, que le encanta marcar tendencia y que además, adora ser el centro de atención y que la gente hable de él sea para bien o para mal; cuando sale a pasear le gusta vestirse con un traje a rayas con una pajarita de lunares, calzarse unas sandalias con calcetines rojos y si refresca, abrigarse con una chaqueta de chandal Adidas de las olimpiadas de Moscú 80.
Como mi vecino es un tipo un tanto peculiar, hace seis meses se agenció con un mono de feria que había comprado a un feriante valenciano. El simpático macaco, que a día de hoy es uno más de la familia, va disfrazado con un mono de cuadros azules y rojos, una corbata verde, una gorra de Pizza Hut y debajo de todo ello, un pañal. ¿La causa? Una encopresis mal tratada en su infancia y un dueño un tanto gilipollas.
Como mi vecino es un animal de costumbres y el mandril también, todas las mañanas desayuna a la misma hora en la terraza del bar que hay en la esquina. Mono y rentista, rentista y mono, piden siempre lo mismo a excepción de la bebida. Un café con leche y un colacao, un par de tostadas con mantequilla, un plátano, unos cacahuetes y dos coñacs, dos chupitos de whisky o un par de orujos. Como los orígenes tiran y el mono lleva a su patria de nacimiento en el corazón, echa mucho de menos la paella de los domingos, la horchata con rosquilletas, los almuerzos a media mañana, la cazalla, la palometa y la mistela. Fruto de un ataque de nostalgia y de estrés derivado de hacer tanto el rídículo, ha padecido un episodio depresivo que lo ha dejado tocado y casi hundido.
Como soy de los que creen firmemente que el dinero no da la felicidad pero sí ayuda, que los negocios y el matrimonio hacen extraños compañeros de cama y que no por mucho madrugar amanece más temprano, esta mañana he decidido ayudar al simio en su plan de fuga.
Hoy, un feliz simio sin mono de cuadros, sin corbata verde, sin gorra y sin pañal, camina feliz por la ciudad. En una terraza del bar de la esquina de mi casa, un rentista de cuidado al que solo le mueven sus intereses espera al anochecer para tomarse su último Gin Tonic y decir adiós a un mundo cruel.

