Mi vecino de la puerta ocho es un gallego amante bandido antaño furibundo catador de ribeiro y un crónico abstemio en la actualidad. Enemigo de la carne de ternera, alérgico al marisco y fundamentalista vegano, es un excelente parlanchín en las conversaciones públicas y un perfecto huidizo de las privadas. 

Como le agradan más los diálogos externos que lo internos (las voces interiores lo tienen machacado), se pone en modo avión con sus propios discursos, en modo alerta con los ajenos y  sensitivo con las voces que vienen del más allá.  Sus lugares favoritos para establecer conversaciones profundas y de altura intelectual, son los ascensores y las colas que se forman en los mercados, especialmente las de las verdulerías y pescaderías.

Si las coliflores y lechugas le incitan a hablar sobre romanticismo, economía y Quevedo, el olor de jureles, lenguados y bacalaos le invita a bucear en conversaciones sobre Cataluña y Telecinco y Sálvame. Lo mismo sube que baja que baja que sube, que para eso es gallego. Cuando los clientes se acercan a las verdes y floridas paradas del mercado para hacer la compra del día y preguntan al comerciante por el precio de algún vegetal, nuestro vecino de la puerta ocho, entabla amables conversaciones de ida y vuelta sobre inflación, asientos contables, déficit comercial y macroeconomía. Si un cliente hace efectiva la compra, lo mismo le rima a Bécquer por soleares que le recita un soneto en re mayor del gran Quevedo. Todas las verduleras aman a escondidas a mi vecino, y sus maridos también. Desde que pulula por la mañanas por el mercado, las ventas se han disparado, los clientes se han multiplicado y la cultura del personal se ha multiplicado. La gente compra patatas, cebollas y nabos y se lleva empaquetadas conversaciones de amor, dinero y un pedazo del siglo de oro; y todo bajo la atenta mirada de alcachofas, espinacas y cebollas. Qué más se puede pedir. 

Como ser un pluscuamperfecto vegano está íntimamente ligado con ser un ente empático con el mundo animal, y muy especialmente con las especies no humanas, mi vecino está convencido de que los peces, al igual que los cerdos y corderos, tienen sentimientos arraigados por debajo de sus escamas que les hacen sufrir cuando caen en redes ajenas; lo mismo que le pasa a él cuando le tiran la caña y pica. Si un cliente husmea un pescado, mi vecino le propone un diálogo de besugos sobre Cataluña, los independentistas, España y olé; si hace efectiva una compra se lanza en barrena a enriquecer intelectualmente al personal sobre Jorge Javier, la vena de María Patiño y demás merluzas intelectuales. Todas las pescaderas aman a escondidas a mi vecino, y sus maridos, también. Desde que se hace querer entre hielos picados y colas de rape, las compras y los clientes se han multiplicado, y la imbecilidad del personal parece que también. ¿Y tú qué quieres, carne o pescado? Ahí le has dado, yo soy flexivegetaraino. Que viva el jamón.