Mi vecino de la puerta doce es un forofo de la formación y un experto jugador de parchís. Cree firmemente que el saber no ocupa lugar, que en la vida pasamos más de lo que deberíamos por la casilla de salida y para mantener un perfecto equilibrio, entre semana nutre su parte formativa y los fines de semana los dedica a lo lúdico. Asiste tres o cuatro días a variopintos cursos formativos; igual le pega por acercarse con rectitud al mundo de la enología y sale haciendo eses, que se acerca con energía a un seminario sobre física cuántica y llega a casa como una malva. Un taller de poesía con el que cantar al amor y a su soledad, un seminario de crecimiento personal para creerse el que no es, un congreso sobre el renacimiento diseccionando a Rafael y a Leonardo en el que reconfirma que el hombre de hoy es más simiesco que el de ayer o un simposio sobre energías limpias e impuestos al sol en los que el personal sale más negro que el carbón.

Mi vecino, que como todo hijo de vecino necesita currar para poder alimentar su cuerpo y pagar su hipoteca, trabaja en una empresa dedicada a la venta de repuestos de automóviles. Una junta de culata para un divertido cliente amante de los imposibles, unos albaranes, dos limpiaparabrisas a un joven amante del reguetón incapaz de ver tres en un burro, un espejo retrovisor para una conductora harta de que le adelanten por la derecha y por la izquierda, un nuevo carburador para un ansioso conductor que se atasca en las colas de un supermercado y una rueda de repuesto para un hastiado profesional del volante al que si le pinchas ya no le sale sangre son su pan de cada día.

Mi vecino es de los que piensan que cada persona es un mundo y que de la misma manera que siempre hay un roto para un descosido, la mecánica y la psicología tienen mucho que ver, pues las abolladuras en las chapas y los repuestos que él vende definen las carencias de sus clientes. 

Hoy ha llegado un recién casado con un flamante coche y le ha pedido un cinturón de seguridad para colocar junto al que viene de serie porque no se siente del todo seguro. Mi vecino, que es un amante de los puentes, que cuando mata una cuenta veinte, que detesta tener las fichas en casa y que de estrategia sabe un rato largo, le ha dado los buenos días, le ha instalado un cinturón extra sin cobrarle la mano de obra y le ha deseado mucha suerte en su matrimonio, pues parece que la va a necesitar. Mi vecino piensa que hay quien se conduce por la vida con el freno de mano puesto, con dos cinturones de seguridad, con el coche en punto muerto, con las ventanillas subidas por si acaso y que siempre andan estacionados en los mismos sitios observando idénticos paisajes. Y claro, es que hay quien no sale de la casilla de salida porque no quiere jugar o porque no le sale un mísero cinco.