A mi vecino de la puerta cinco le encanta apropiarse del refranero popular, darle un par de mandobles, ponerse en modo creativo y crear nuevas máximas con las que manejarse mejor por la vida y de paso, intentar crear tendencia. El tipo afirma a diestro y siniestro que si un día la diosa Fortuna le sonríe, ese mismo día, el dios Eros le hará tocar el cielo; o lo que es lo mismo y explicado para el común de los mortales (¿hay algún mortal que no sea común?), si un día le toca un décimo de la lotería, un cuponazo, un euromillón o cualquier otro jueguecito que tenga que ver con el azar, a continuación le aparecerá el amor mayúsculo en la puerta de su casa para quedarse contigo toda la vida.
Y hete aquí que mi vecino, que es un tipo repleto de contradicciones que lo mismo odia la Navidad que al año siguiente va disfrazado de Papa Noel desde el día 22 de diciembre hasta el día cinco de enero que se convierte en rey Baltasar, mantiene muy firmes sus pensamientos e intenta siempre-siempre, llevar al terreno de lo práctico lo que su mente teórica formula. Desde hace veinte años y especialmente en estas fechas navideñas, se vuelve medio tarumba, se le sube la bilirrubina y se pone en modo impulsivo y ofrecido en el amor lanzándose a comprar veinte décimos de lotería de Navidad para compartirlos con unas cuantas mujeres. Evidentemente, el elenco de féminas con las que lleva a la práctica su formidable teoría son de lo más variado; la chica del horno en el que compra cada día el pan y las pastas, la simpática camarera que le sirve el café matutino y que espera una propina que nunca llega, la compañera de trabajo que está dos plantas más abajo y que se acaba de instalar en la oficina o la misma directora de la única sucursal bancaria que queda en su depauperado barrio. Cada vez que ofrece un décimo con el que espera compartir premio y futura vida, piensa: si me toca o nos toca, compartiremos una vida juntos, o lo que es lo mismo, si la diosa Fortuna me sonríe, a Eros le haremos sitio en nuestra alcoba. Veinte años confiando en un refrán que cambie su vida y su paupérrima cuenta corriente y anda más seco que una mojama.
Últimamente anda un tanto nervioso y un tanto liado. A las fechas que estamos tiene en su bolsillo tres billetes de lotería y no ha encontrado mujer con los que compartir vida, dinero y amor. Esta mañana ha recibido una carta sin remite con una copia de un décimo de lotería de Navidad de 2018. Junto al billete, un papel con un beso de carmín fijado en la parte superior y unas palabras. “Querido, a caballo regalado sí que hay que mirarle los dientes y que sepas que si el hambre entra por la puerta, el amor aparecerá por la ventana. Espero que este décimo de lotería no salga premiado y compartir el resto de mi vida contigo”. Tuya, tu futuro y pobre amor.
Mi vecino, que es un tipo repleto de contradicciones y que cree que si un día la diosa Fortuna le sonríe, en el mismo instante el dios Eros le hará tocar el cielo, ha guardado sus tres décimos de lotería en un cajón por un por si acaso. Y es que no hay bien que por mal no venga o todo lo contrario, ¿no crees?