Imagínate la siguiente escena: una empresa ubicada en Sevilla especializada en fabricar botones y que tiene 100 socios. La empresa va razonablemente bien, dado que hay mucho ojal suelto y las cremalleras ajenas no terminan de abrirse. No nos desviemos. Esta empresa de botones con 100 socios, tiene una necesidad de ampliar mercado, se pone manos a la obra y deja que uno de los socios sea el encargado de poner publicidad en vallas y en diarios de la comunidad y en otros medios de tirada nacional. El resto de socios sabe abotonar y poco más, y confían ciegamente en él, dado que parece un socio botonero respetable (o eso parecía). Entre los 100 socios sevillanos hay seguidores del Betis y del Sevilla, hay seguidores del Barcelona y por supuesto del Real Madrid y del Atlético. Como hay vascos y gallegos por todas partes, hay socios seguidores del Athletic, de la Real Sociedad y evidentemente del Celta y del Deportivo, y también hay del Valencia y un par que son del Cádiz (viva Mágico González).

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Hay un grupo de socios a los que el fútbol no le interesa lo más mínimo y prefiere los domingos por la tarde jugar a la petanca, dar de comer a las palomas y tomarse una cerveza bajo un pino. Los hay podemitas, peperos, socialistas y de centro; los hay del partido animalista, otros del humanista, uno de los socios se declara abiertamente admirador de Raphaella Carrá, incluso hay un amante del esperanto que ha abierto una academia y por el momento solo tiene un alumno. Todos los socios aman los botones y tienen una cosa en común: han declarado la guerra al velcro y a las cremalleras. El socio botonero encargado de la publicidad es el amante del esperanto y escribe los textos publicitarios en esperanto. Como es de esperar, el público no entiende ni papa de lo que aparece en la publicidad, solo pillan los mensajes él y cuatro más de su cuerda. ¿Entiendes algo? Yo no. Bueno sí, que hay personas que solo saben hablar en un idioma (su idioma) y otra razón, si escribo en esperanto igual pillo cacho, es decir, igual me salen más alumnos. Qué crack. Un tiñoso mayúsculo.