El otro día, estando en casa tumbado en el sofá observando el vuelo de una mosca, tuve una reflexión bien profunda. Me preguntaba si el hombre neanderthal pudo padecer depresión. ¿Se deprimían? ¿Sufrían ansiedad cuando tenían que enfrentarse a nuevos retos? ¿Tenían emociones como nosotros? Tras una media hora de análisis exhaustivo sobre cómo volaba la mosca, ya sabes, un ejercicio intelectual muy masculino, mi sesera echaba humo y me puse a investigar sobre mi neanderthal interior. Todos tenemos un cerebro primitivo, el sistema límbico, que se encarga de los impulsos, los deseos y las necesidades más primarias. Emociones como la ira, la tristeza, el miedo, la ansiedad, los deseos sexuales; todo ello tienen su origen en esa zona. Por fortuna, la evolución nos ha echado una mano y nos ha instalado de serie otro cerebro más moderno, el neocórtex, o el cerebro más racional. Ese filtro que nos ayuda a tomar las decisiones acertadas también nos ayuda a planificar, a valorar y a darnos pausas. Es una brújula o una guía de nuestro cerebro emocional. En el día a día surge nuestro neanderthal interior y nos intenta jugar malas pasadas, pero nuestro cerebro racional intenta poner orden. Y esta pelea entre el neanderthal y nuestro cerebro racional me pasa a mí, y a vosotros también. Os voy a dar varios ejemplos de las apariciones de mi amigo neanderthal: en el coche, en las exposiciones públicas y en el sexo.

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Iba de camino a la clínica, eran las cuatro menos cinco de la tarde y desde lejos vi que estaba el paciente de las cuatro esperándome en el portal. El paciente era una persona ansiosa e íbamos a practicar mindfulness y algunas cosas más. Al cruzar la calle por el paso de peatones, el semáforo se puso a parpadear avisando: “Hey, date prisa que me pongo en rojo”. En el momento que aceleré el paso, uno de los coches arrancó y me golpeó con el parachoques en la pierna. Acto reflejo hizo acto de presencia mi neanderthal, le pegué un puñetazo al coche y le dije: “Pero ¿qué coño haces, gilipollas?” Y, claro, neanderthal contra neanderthal. El conductor, un hombre de mediana edad y un tanto enclenque, bajó del coche y me increpó por que yo había pegado un mandoble al capó de su reluciente automóvil. No contento con eso, me dio una patada lanzada desde la posición garza de karate kid que impactó en mi pierna izquierda. Tuve la marca de sus Nike en el muslo durante una temporada. De hecho, si en ese momento me hubieran bajado los pantalones, sería un hombre anuncio: en mi pierna izquierda el sello de Nike, y en la derecha la “W” de Volkswagen.

Mi neanderthal hizo acto de presencia como si mi vida estuviera en peligro, y apareció la respuesta fisiológica: mi corazón empezó a latir más rápido, los músculos se tensaron, la respiración se entrecortaba para llevar más oxigeno al cerebro y activarme más, mis puños se cerraron con fuerza para darle un buen mandoble… Sí, me encontraba en esa situación en la que todo te da igual y un mensaje claro rondaba por mi cabeza: ataca, a por él, dale un zurriagazo. Y cuando estaba a punto de atizarle una buena hostia con el puño en alto… en ese momento veo a mi paciente con su cara de preocupación, como pensando: “¡joder este es el psicólogo que iba a practicar conmigo mindfulness y técnicas de autocontrol!”.

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Fue un mensaje lo suficientemente potente como para ponerle freno a mi neanderthal y que apareciera mi cerebro racional. A continuación lo cogí de los hombros con fuerza y lo invité a meterse en su coche y le cerré la puerta del coche de golpe, acabando con un “lárgate de aquí, gilipollas, o te meto dos hostias”. Sí, lo sé, estamos de acuerdo, no es la mejor manera de comportarse, pero ¿qué quieres que le diga? “Mire, disculpe usted, buen señor. Seguramente usted no se habrá dado cuenta, pero ha impactado con su bello coche que pesa más de mil kilos sobre mi pierna derecha, y es más, debe de tener usted algo de prisa, porque además se ha saltado el semáforo en rojo. Entiendo que usted sea una persona estresada, blablablá… ¡Y una mierda! Así no actúa nadie que yo conozca. ¿Tenemos derecho a sentir ira y mostrar agresividad? Pues claro que sí, faltaría más. La ira es adecuada, adaptativa y beneficiosa (nos puede salvar la vida), o inadecuada, que es cuando tenemos una reacción desmesurada, o cuando nos salimos de madre. Un claro ejemplo es cuando dramatizamos y hacemos un montaña de un granito de arena. ¿Cuánta gente conoces que vive de hacer montañas, es más, que su vida es una montaña rusa? Te presto a unos cuantos.

¿Y qué pasa en los coches? ¿Por qué la gente se transforma? 

Yo creo que los coches son los lugares donde más neanderthales hay por metro cuadrado. No sé si les dan el baño de pintura con una fórmula secreta que fomenta la imbecilidad. De hecho, conozco a multitud de personas la mar de respetables y calmadas (ciudadanos ejemplares) que en el minuto uno después de poner las manos en el volante se convierten en un ser iracundo, fuera de sí y totalmente alterado. En los coches concurren los siguientes factores: Novedad, peligro, territorio y seguridad.

En un coche nunca se subió un neanderthal, por tanto es algo nuevo. Puede ser peligroso, te puedes matar o llevarte a peña por delante; con el coche marcas el territorio (coche más grande = territorio más grande, y en los hombres lo de ver quién la tiene más grande es un clásico) y, por último, sirve como barrera para que no te peguen. Puedes maldecir, insultar, gritar, hacer una peineta, que ahí dentro estás protegido. La cuestión es que es normal enfadarse en el coche, estamos atentos y estresados, pero no dejes que tu neanderthal conduzca, porque te meterá en la radio música reguetón, Camela y el último hit de Leticia Savater. ¡Tremendo!

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Hay gente que pone su sesera en modo buscabroncas nada más ponerse manos al volante. En cuanto se sientan, se tensan, su corazón late más rápido, les cambia la mirada y buscan a doscientos metros a la redonda quién comete un fallo. ¿Sabes lo que le pasa a nuestro cerebro emocional cuando se activa con sangre y oxigeno? El neurocientífico David Lieberman afirma que la corteza prefrontal está menos activa, ¿y qué pasa entonces? Que nuestras capacidades para solucionar problemas y afrontar los conflictos de buenas maneras se quedan bien tocados y mermados. Lieberman comenta que este efecto es similar a perder entre diez y quince puntos del CI (cociente intelectual) de forma temporal. Quítate 15 puntos a tu CI y verás la cara que se te queda.

Pero no solo me encuentro a mi neanderthal en el coche, también aparece cuando hablo en público. A mí me cuesta mucho hablar en público, de hecho, mi cerebro emocional se activa y lanza las siguientes respuestas fisiológicas: sudor, temblor, sequedad de boca, mi corazón es lo más parecido a un tam-tam, la cara totalmente blanca, similar a cuando tenemos mucho miedo, pupilas dilatadas, respiración entrecortada, jadeo, tensión muscular. Mi neanderthal me dice: “Hey, tío, lo que tienes ahí delante es lo más parecido a una manada de leones a punto de comerte. Te miran fijamente, te evalúan y están esperando que cometas un error para lanzarte una dentellada. Y además, no tienes salida, ¿Dónde está la puerta? ¡No puedes salir, amiguete!”.

Menos mal que mi cerebro racional me lanza mensajes para equilibrar a mi neanderthal. Le dice: “Tranquilo, bebe agua”. ¡Ostras! Si este tipo de aquí abajo bebe agua, no serán leones, porque ¿a quién se le ocurriría beber agua ante una manada de leones?Tranquilo, respira hondo”. ¡Caramba! Si este tipo de aquí abajo respira con calma, es que no hay ningún peligro. No existen tales leones, y como mucho son vegetarianos.Oye, tranquilo, no es más que ansiedad o miedo al miedo”, “tu neanderthal te está jugando una mala pasada”. ¡Ostras! Este tipo que tengo aquí debajo hace bromitas, seguro que no hay ningún peligro! Tú no conduces mi vida neanderthal, soy yo el que decide. Te acepto, incluso te tengo cariño, pero no me dominas. 

No dejes que el neanderthal maneje tu vida sexual; o sí, siempre que haya acuerdo con la otra persona.

Por cierto, ¿sabes que hay una técnica para hablar en público que consiste en imaginarte a la audiencia totalmente desnuda? Lo que pasa es que a mí no me funciona, mi neanderthal se pone muy nervioso. Si por él fuera, estaría acostándose con todas. “Mira aquella, vaya tela, si es que todas están buenas”. Se me pone muy nervioso y activo cuando llega la primavera, y en verano lo pasa fatal. Se pone en modo hiperactivo y sin déficit de atención; no se le escapa una. El cerebro del neanderthal funcionaba de la siguiente manera respecto al sexo: tengo deseos sexuales o un apretón, busco a una hembra y me apareo, y si no le gusta o no quiere, le doy un coscorrón y me la zumbo.

Hoy en día las pulsiones sexuales y los deseos siguen apareciendo pero de nuevo, por fortuna, tenemos un cerebro racional que nos sirve de guía, nos ayuda a respetar cuando escuchamos un “no”, nos anima a mantenernos fieles a nuestras parejas o a plantearles nuestras dudas y nuestras necesidades. Este cerebro hace que lleguemos a acuerdos, nos ayuda a tolerar la frustración, nos anima a cumplir las normas basadas en la convivencia, el amor y el respeto hacia el otro sexo y hacia el que es diferente, sea cual fuera su orientación sexual. Y lo mejor de todo: el cerebro racional hace que deploremos y odiemos a los cromañones que conviven con nosotros y que abusan del poder físico para someter a muchas mujeres.

Detectando al Neanderthal en el día a día.

Yo utilizo un truco para detectar mi cerebro neanderthal y racional. Cuando las emociones las tenemos a la altura del estómago, hablamos de emociones como la tristeza, la preocupación, el enfado, la inquietud. Estas emociones no nos bloquean y son adaptativas. Puedo estar enfadado pero seguir funcionando, y lo mismo nos ocurre con las demás. Pero ¿qué pasa cuándo te notas las emociones en la garganta? Seguramente es que emociones como la ira, la angustia, la ansiedad o la depresión se han hecho presentes. Tu neanderthal ha aparecido. El hecho de ser consciente de ponerle un nombre a tu emoción, puede ser una eficaz estrategia para aplacarla y reducir su intensidad.

Por cierto, volviendo al inicial vuelo de la mosca y a mi pregunta sobre si los neanderthales se deprimían, la conclusión es que sí. Si el bueno de Martin Seligman demostró con su indefensión aprendida que los perros se deprimen, nuestros neanderthales, que supuestamente tenían un cerebro más elaborado, también se deprimían. Tenemos respuestas emocionales primitivas que surgen cuando menos lo esperamos, pudiendo jugarnos malas pasadas. Sin ellas nos habríamos extinguido, pero a día de hoy, y en muchas ocasiones, son emociones extrañas en una tierra extraña a las que hay que detectar y cuidar, pero no alimentar en exceso.

La vida es un aventura muy chula aunque a veces nos dé quiebros y nos gaste verdaderas putadas. La conducimos hasta cierto punto nosotros, pero el neanderthal nos acompaña siempre, y lo podemos poner de copiloto o sentado en el asiento de atrás. La idea es no permitirle que él conduzca. Porque su conducción nos puede llevar a un largo y estrecho túnel y en ocasiones, a la oscuridad más absoluta. ¿Quién conduce tu vida? Tú decides, yo lo tengo bastante claro.

Si prefieres el formato audiovisual te lo cuento en esta charla en TEDxUPValencia del pasado mes de febrero.