Mindfulness, los Reyes magos, coser y cantar
Estar alerta, presente, enfocado y conectado; estar en lo que estás; estar en misa o repicando; estar en esto, aquí y ahora. Presente y atención plena. Eso es lo que conseguimos con el Mindfulness. Es indiscutible que el mindfulness cuenta con evidencia científica a su favor y que esta herramienta o técnica -que al igual que el coaching es una herramienta más de la psicología-, ayuda a reducir los niveles de ansiedad y a gestionar mejor el estrés. La importancia del momento presente es importante en terapia de conducta. Esto es innegable.
Quedando clara la utilidad de la técnica en personas con trastornos (quien esté libre de pecado que tire la primera piedra), vamos a seguir hablando de personas que a priori y de momento, están exentas de psicopatología. Personas como tú y como yo que cada día se levantan teniendo que hacer un montón de cosas y queriendo llegar a todo.

Vamos a hablar de las vidas que llevamos. De las vidas que nos hemos creado y de las que ahora nos cuesta salir. Y de las que para sobrevivir nos meten en círculos que, aunque a corto plazo nos alivien, a medio y largo plazo perpetúan el malestar.
Porque el mindfulness llegó de Oriente (tan mágico como el oro, el incienso y la mirra) y como todo lo que llega de ahí lo compramos convencidos de que solucionará todos nuestros problemas. Si yo tengo estrés por el trabajo, pues practico mindfulness en la empresa y me siento mucho mejor. Si mis problemas de pareja me generan ansiedad, el mindfulness me ayuda a sobrellevarlo. Si mi hijo lleva una vida de locos con sus horas de cole, sus deberes, sus idiomas, su deporte, la opción de llevarle a mindfulness le hace sentir mejor.
El mindfulness me ayuda y el mindfulness me alivia, pero el mindfulness no soluciona. ¿Por qué?
1.- Que las empresas hagan sesiones de mindfulness a sus empleados no hace más que alimentar el estilo laboral estresante. Si yo como empresa necesito ofrecer actividad que desestresa a mis empleados algo mal estoy haciendo en la organización del trabajo. El objetivo de la empresa debería ser que el ritmo e intensidad de trabajo fuera tal que sus empleados no necesitaran esta medida. Si la empresa me ofrece métodos para bajar mis niveles de estrés la empresa perpetuará el estilo de vida estresante. Incluso lo podrá incrementar ofreciéndome después la solución para manejarlo.
2.- Los niños no deciden sobre sus vidas. Nuestros hijos pequeños llevan las vidas que nosotros les programamos. Si yo necesito que mi hijo pare, le estoy mostrando un estilo de vida en el que hay que parar. Le estoy dando pautas de comportamiento que le llevarán a llegar al límite para luego tener la necesidad de parar. Alimento su estrés. Y además de manera consciente porque lo verbalizo. Porque le cuento que va a practicar mindfulness, que le va a ir fenomenal porque va a aprender a parar y a relajarse. El juego en los niños les ha servido siempre para parar y mantener la atención aquí y ahora. Los niños desconectan solos.

3.- Si yo sufro ansiedad o estrés por mi vida personal, la actividad podrá reducir mis reacciones de ansiedad o de estrés, pero que yo salga de la sesión de mindfulness relajada (igual que cuando me apunto a bailar) no significa que cuando llegue a casa mis problemas se hayan solucionado.
Es entonces cuando la solución se convierte en parte del problema. Si llevamos vidas de vértigo el problema es la vida de vértigo. El estrés y la ansiedad que puedo sentir en mi vida cotidiana tienen un valor adaptativo al que debo atender. Son señales que necesito para reconducir mi comportamiento según mis objetivos y mis valores. Son señales de que algo estamos haciendo mal. Huir de ellos es inadecuado.
Que el mindfulness nos pueda cambiar la vida es una muestra de que el problema es la vida que llevamos. El problema no es el estrés; el problema es mi estilo de vida o mi capacidad real para seguir llevando el estilo de vida que estoy llevando. Quizá la solución es cambiar, renunciar, delegar, bajar mi nivel de autoexigencia, deshacerme de necesidades que me he ido creando. Quizá la solución no es sumarme al carro de actividades que perpetuarán un estilo de vida que me hace desgraciado. Porque llevar una vida en la que tengo que parar porque si no exploto es una porquería de vida. De estilo de vida. ¡Ah! y recuerda que practicar mindfulness es tan fácil como el coser y el cantar, y que estos dos, también son mindfulness. Atención plena, ni más ni menos.

Este artículo es fruto de la colaboración con mi colega María Jesús Giménez. Ella ha hecho todo el buen trabajo y yo he añadido algún pequeño aporte, como algún punto, alguna coma y el título. María Jesús psicóloga, ha colaborado en esta web con anterioridad y es un tipa estupenda a la que le encanta sonreír y hacer la vida fácil a los demás y súmale a esto, que es amiga y además socia. ¿Socia de qué? Socia de la vida y del proyecto www.Por2razones.com

