¿Miedo a hablar en público? Parte I.
Antes de hablar en público es normal tener cierto nivel de ansiedad. Si antes de lanzarte al ruedo tienes una especie de nudo en la garganta, temblor de manos, voz temblorosa (que nadie nota), el corazón parece un tam-tam (pero que nadie oye), mareo, respiración dificultosa (hiperventilar), cierta sensación de inestabilidad, dificultad para tragar y la boca tan seca que pareciera que en lugar de lengua tienes un estropajo; es normal. Y si además de esto, los pensamientos que recorren tu sesera son del estilo: “¿Y si me equivoco?” “¿Y si me quedo en blanco?” “No voy a poder, se me va a notar que no me lo sé del todo y me van a pillar”, “yo para esto no sirvo, mejor lo dejo”, o similares (bendito el yo pensante), es normal, no estás loco ni eres al único que le pasa. Si te ves reflejado en alguno de estos síntomas y para ti hablar en público supone una tarea titánica; te doy la bienvenida al multitudinario club al que yo también pertenezco, socio. Y no, no estás loco.
Vamos a empezar con un sencillo juego para conocer en qué medida tu mente está entrenada para pasarlo mal cuando te enfrentas a un grupo de personas, es decir, ver el tiempo que tardas en detectar las cosas negativas o las positivas. Necesitamos un reloj para cronometrar, un lugar tranquilo, ganas de pasarlo bien y una dosis de paciencia.
Pon el cronómetro en marcha. Y busca en la imagen siguiente la cara que muestra tristeza o enfado (lo que más te disguste). ¡Vamos!

Vale, descansa unos segundos crack. ¿Cuánto tiempo ha pasado hasta que has encontrado la cara de enfado? Me imagino que no te habrá costado mucho encontrar ese careto. Es un tarea bastante fácil para la mayoría de las personas, y se capta en poco tiempo. Veamos la razón.
Nuestro cerebro inconsciente, nuestro cerebro emocional y un poco de historia.
Nuestra amiga la amígdala, está siempre en modo alerta y nos impulsa a fijarnos en las caras que muestran enfado o tristeza, tal y como has podido comprobar en el juego anterior. Este mecanismo cerebral nos ayudaba en el pasado a alejarnos de situaciones (ahora también comentarios) que nos ponían en peligro, y hoy en día, claro, seguimos preparados para desconfiar de los grupos de personas que nos observan. Nuestra sesera no ha evolucionado para que seamos el alma de la fiesta, ni para contar chistes graciosos, ni para que podamos hablar con soltura y mostrarnos irresistibles ante una audiencia expectante. No. Nuestro coco se transformó, evolución mediante, para ayudarnos a sobrevivir en un mundo lleno de peligros. La prioridad del hombre primitivo era evitar aquello que pudiera dañarle (y todo su entorno era susceptible de peligro); a más prevención de riesgos, más viviría y más prole tendría. En la actualidad, tras más de cien mil años de evolución, la mente moderna sigue estando en modo alerta, pero esta vez evaluando y juzgando obsesiva e ineficazmente el pasado y el futuro. Nuestro coco, tiene tendencia a destacar lo malo, suele atascarse fácilmente en el miedo y la desconfianza, y no da prioridad a la alegría. Pero sigamos con temita y vayamos a otro juego.
Pon de nuevo el cronómetro en marcha. Venga, te espero. ¿Preparado? Busca la cara contenta de la fotografía siguiente. ¡Ya!

Seguramente que te habrá costado un poco más encontrar la cara contenta de esta imagen; y no eres la excepción. Cuando hablamos en público, el cerebro busca activamente las caras de las personas más antipáticas y tiene una tendencia natural para interpretar como una amenaza cualquier gesto de aburrimiento. Pero por fortuna, podemos entrenarnos y aprender estrategias para afrontar con más tranquilidad y con más garantía de éxito la cuestión de hablar en público. Si te parece, lo vemos en la segunda parte de este post, en el que aprenderás a hablar en público, eso sí, sin magia; con ejercicios, algunos trucos y por supuesto, con un poco de ansiedad. Te dejo con estas palabras de mi colega, el psicólogo Jorge Barraca, autor del libro La mente o la vida. “No hay nada que cause más tensión que intentar siempre estar tranquilo. Si pretendes no tener nada de ansiedad, si no estás dispuesto a sentir ni una milésima de ansiedad, es seguro que ésta aumentará”. Pues eso, en la segunda parte de este post te contaré de forma sencilla y con tintes autobiográficos, varias cosas que seguro pueden ayudarte.
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