Mi vecino de la puerta ocho es un tipo bien entrado en años y en kilos, calvo, mal encarado y caminante sin camino enfundado en traje gris y calcetines de rayas. A primera vista parece benevolente, con una segunda mirada se le ve disperso, y cuando lo observas con un poco más de mimo y detenimiento, aparece la perfecta radiografía de un esqueleto repleto de complejos y de un tipo que detesta las obligaciones. Funcionario de Diputación desde hace catorce años con una oposición cantada Dios mediante, su jornada laboral se resume en no pegar ni chapa de ocho a tres ni sello que llevarse a la boca el resto de la velada. Sus mañanas son de almuerzos y bares en cinco kilolitros a la redonda de su supuesto puesto de trabajo; sus tardes, hombre invisible en la sala de fichajes y al anochecer, correcaminos en la casilla de salida. 

Como mi simpático vecino huye de las rutinas impuestas, de hacer las cosas porque sí o porque toque o por narices, no conoce guión con exigencia alguna desde que tiene uso de razón. Es del parecer que la obligación no es santo al que ofrecer devoción, vive la soltería con una nevera vacía a excepción del clásico medio limón, comparte dormitorio y resto de casa con un loro de plástico con escasa inteligencia artificial expuesto en una jaula de cristal en el salón comedor que lo mismo te suelta un buenos días, un adiós, una palabra mal sonante que lo mismo te suelta un ladrido, un maullido o te entona un Ya no puedo más made in Camilo Sesto.

Sin teléfono móvil para evitar los contratos con permanencia y sin plantas que cuidar y regar a excepción de un viejo cactus marchito, se pone de los nervios cuando ve algún anuncio televisivo de coleccionables sea de libros, de maquetas de barcos o de aviones, de casita de muñecas a completar después de un año de suscripción semanal o de cochecitos deportivos a escala. No pertenece a asociación alguna que le haga pagar cuotas mensuales, carece de tarjeta de crédito y débito y la última vez que hizo una compra a plazos fue un robot de cocina Thermomix con el que hace verdaderas delicias a velocidad cuchara.

Hace catorce años y un día, justo la mañana de antes de convertirse en un funcionario ejemplar, finiquitó su relación de pareja tras tres años de noviazgo y cinco de convivencia. Abrumado por las deudas, angustiado por las obligaciones, estresado por las rutinas presentes y agobiado al pensar en cómo compaginar las obligaciones laborales y las maritales, tomó la decisión muy a su pesar, de derrotar al amoroso ayer confiando en la victoria del mañana. Y el caso es que su relación era muy confortable. Como su pareja sabía a ciencia cierta que mi vecino era un tipo dicotómico que detestaba las obligaciones, ella se encargaba del todo y él jugueteaba con la nada; ella firmaba contratos de permanencia y él supervisaba sus ausencias; ella vivía para un después y él se sumergía en mares destilados en los que cuidaba su impaciencia; ella soñaba con los pagarés mientras él divagaba sobre su existencia; ella tenía en el suelo los pies mientras él volaba con escasa trascendencia; ella descafeinaba el café express y él votaba por su libertad y por las experiencias. 

Después de catorce años y un día feliz como una perdiz y haciendo gala cada día de vivir una vida alejado de las obligaciones, esta mañana ha sufrido un momento de inspiración analítico creativa que le ha llevado a ser consciente del sinfín de sus obligaciones diarias. El cinturón de seguridad del coche, los catorce semáforos de ida al trabajo más otros tantos de vuelta, las líneas continuas y otras tantas señales de tráfico, la declaración de hacienda, las contribuciones, la luz, el agua, el gas, el seguro de la casa, la hipoteca, comer, pagar el parking, beber, dormir, escuchar, pagar, evacuar en sus distintas formas, vestirse, desvestirse, comprar, pagar, asearse, limpiar, caminar, hablar, pagar, abrir, cerrar, ir y llegar, volver, pagar, enfadarse, reír, subir y bajar, pagar y así hasta el infinito y más allá. Y pagar.

Mi vecino de la puerta ocho está sufriendo una crisis existencial. Esta tarde se ha apuntado a un curso de crecimiento personal de un año de duración que ofrece una coach de vida y que va a pagar a plazos, ha contratado una linea de teléfono móvil con permanencia de un año, más fibra y terminal; se ha dado de alta en Tinder para decir adiós a su soledad, se ha comprado un par de plantas, ha adoptado un gato especialista en cazar loros malhablados, ha contratado Spotify premium con el que cantar y bailar a la vida y se ha ido a una filatelia y numismática del centro de la ciudad a recibir asesoría para iniciar una colección de sellos y monedas del mundo. Todo eso en un tiempo récord y lo que te rondaré morena.

Y sí, nunca es tarde si la dicha es buena, o como dice el orondo y mal encarado de mi vecino de la puerta ocho, obligaciones, su señoría, las justas.