La felicidad, unos predicadores y el sufrimiento
Imaginemos que una persona se queda encerrada en una habitación, ha quedado dentro de cinco minutos a cenar con su jefe en el Burger King y por tanto, tiene que salir de ahí. Su oportunidad de aumento de sueldo le espera. Su sesera se pone a echar humo y busca la mejor formula para llegar puntual a su cita: derribar la puerta, pedir auxilio a los bomberos, sacar al McGiver que lleva dentro y ponerse a fabricar una ganzúa con un imperdible, gritar, hacerse la manicura… Pensar, pensar y pensar en la mejor manera de encontrar una salida. Pensamientos que invitan a cambiar la realidad externa bajo ensayo-error. Pensamientos y acción, toma nota.

Gracias al razonamiento, el ser humano ha pasado de hacer fuego con dos piedras a no necesitarlo para cocinar. Ha pasado de mitigar el calor con el patrio abanico a inventar el glorioso aire acondicionado con el que reducir el calor o el frío y tener una vida más cómoda. De comunicarse con un tambor, con una epístola o hacer uso de una paloma mensajera a intercambiar datos a miles de kilómetros en un par de segundos. De viajes interminables a presentarse casi por arte de birlibirloque en cualquier lugar del mundo en pocas horas. De sufrir por dolor o morir casi de forma segura por enfermedades hoy consideradas menores, a plantar cara a patologías hasta hace bien poco incurables. Y los científicos siguen pensando en cómo reinventar la vida. Pensamientos que invitan a cambiar la realidad externa bajo ensayo-error. Pensamientos y acción, toma nota.
Imaginemos a una persona que está sola en una habitación. Está triste, ansiosa y anda muy preocupada por un problema real o imaginario, que más da (piensa en el que tú quieras, hay miles). Su sesera echa humo y busca la mejor fórmula para salir de ahí: ¿Qué me pasa? ¿Por qué me pasa esto? No debería estar así, tienes que estar bien, siempre me pasa lo mismo, esto es injusto, debería olvidarme, ¿por qué me diría eso? ¿y si me hubiera callado? ¡joder, es que eres un inútil! ¡tienes que controlar tus emociones! Piensa en ventajas y desventajas (y pensar que todavía hay colegas que proponen este inútil ejercicio). Pensar, pensar y pensar en la mejor manera de encontrar una salida. Pensamientos que invitan a cambiar la realidad interna bajo error-error. Pensamientos e inacción, toma nota.

Pensar en uno mismo sin pasar a la acción y sin un objetivo concreto es una pérdida de tiempo, no sirve para nada. Bueno sí, tiene una utilidad, sufrir gratuitamente a base de masturbaciones mentales. Pensar está sobrevalorado y es que las reglas que imperan en el mundo exterior funcionan de manera muy diferente a las de nuestro mundo interior. No por más pensar, amanece más temprano.
¿Cuántas horas has dedicado a reflexionar sobre ti mismo sin conseguir un ligero avance o una pequeña mejoría? Suma y sigue, y erre que erre. Y es que este cuadro es un clásico en el comportamiento humano que se representa cada vez que nuestro mundo no va como nosotros quisiéramos. Pero lo curioso es que el mundo externo no va a funcionar a toda hora como a nosotros nos gustaría, esto solo ocurrirá en contadas ocasiones, muy pocas. Y lo peor de todo, es que las reglas con las que se mueve el mundo externo son muy diferentes a nuestro mundo interior. Cada vez que en el mundo externo nos encontramos con cosas que no son de nuestro agrado podemos utilizar varias opciones para salir airosos: poner los pies en polvorosa para evitarlas, ingeniar algo para poderlas cambiar, simplemente aceptar lo que nos viene y seguir tirando, o pasar página y olvidarnos del tema. Pero ¿se pueden utilizar los mismos mecanismos si hay algo en nuestro mundo interior que no nos agrade o que nos genere sufrimiento o dolor con el objetivo que desaparezca? No, el sufrimiento y el dolor es inherente al ser humano. Parafraseando a mi colega Jorge Barraca, autor del sugerente libro: La mente o la vida, “nadie ha dado con un procedimiento psicológico ideal gracias al cual nos podemos relajar y hibernar de nuestras obsesiones y preocupaciones, o superar la tristeza todo el tiempo”.

La felicidad absoluta y el control total de los pensamientos no existe, es totalmente falso. No te creas este tipo de mensajes que lanzan mentores, coaches, terapeutas transpersonales y otros predicadores de la felicidad. No puedes decir adiós a la tristeza, no puedes vivir con alegría todos los días, no puedes ser feliz a toda hora, no, lo siento. Y no es porque seas tonto o seas incapaz de poner en practica sus ornados mensajes, no; simplemente, son una gran mentira. Göbbles dejó para el recuerdo además de millones de muertos, esta máxima: Una mentira mil veces repetida, acaba tomando forma de verdad. ¿Cuántas veces llevas escuchando la morralla de si quieres puedes, el poder está dentro de ti, un método para cambiar tu vida y demás idioteces? Muchas ¿verdad? Repetida hasta la saciedad. Solo hace falta acudir a una librería y ver la cantidad de libros que hay en sus estanterías de autores que venden estos mensajes camuflados con diferentes títulos. O darte un paseo por las redes sociales y encontrarte en multitud de muros a un sinfín de predicadores de la felicidad que nos dicen lo que tenemos que hacer para ser felices, que ellos tienen el secreto. ¿Seremos tontos? Sí, por creértelo.
Tal vez nos planteamos unas metas poco realistas respecto a nosotros mismos y a lo que nos depara la vida. Y sí, estamos influenciados por la moda de la industria de la felicidad de todo a cien, inundados de coaches de la señorita Pepis que viven de una añeja experiencia personal (con ciertos adornos cuando no es inventada) y que representan decenas de veces ante audiencias expectantes y ávidas de felicidad eterna. Son excelentes actores. Estas experiencias las comunican con exactitud y sin ningún tipo de vergüenza una y otra vez, y mostrando, cámara y micro mediante, las mismas emociones que cuando la vivieron. Lloran, se emocionan evocando esos falsarios momentos en los que mezclan la realidad y la fantasía; manejan de maravilla los tempos así como las emociones propias y ajenas. Comunican bien y da igual que sus mensajes sean huecos y apoyados en falsedades; da igual. Vivimos en una sociedad de ruido, envoltorio, humo y escaparate. Esto vende, amigo. Y enfrente su público, un público deseoso de sentirse bien y de huir del sufrimiento; un público ansioso por aprender lecciones mayúsculas de unos ganapanes reinventados en salvadores de almas. Telepredicadores, hermanos de la iglesia de la felicidad eterna que alimentan su narcisismo y esconden su mediocridad personal buscando unos cuantos aplausos, rodeándose de personal que los escuche y alabe y fajos de billetes con mensajes de esperanza sin un camino de vuelta.

La vida es muy chula, sí; es muy bonita aunque nos gasta en ocasiones verdaderas putadas. Tal y como comentamos en el artículo publicado en el diario El País en mayo del año pasado: “Su cerebro quiere que usted sea infeliz, pero hay un modo de combatirlo” el cerebro tiende hacia la infelicidad. “Nuestra masa gris no ha evolucionado para hacernos sentir bien, ni para contar chistes o escribir poemas de amor. Se transformó para ayudarnos a sobrevivir en un mundo lleno de peligros. La prioridad del hombre primitivo era evitar aquello que pudiera dañarle; a más prevención, más viviría y más hijos tendría. En la actualidad, tras más de cien mil años de evolución, la mente moderna sigue estando en modo alerta, pero esta vez evaluando y juzgando obsesiva e ineficazmente el pasado y el futuro. Pareciera que estamos destinados, casi sin remedio, a sufrir psicológicamente: nos comparamos con los demás, criticamos, juzgamos, proyectamos, estamos insatisfechos, imaginamos todo tipo de situaciones espantosas. Tendemos a dejarnos llevar por una programación innata que se inclina más fácilmente hacia la infelicidad que hacia la felicidad.” Pues eso, que no te vendan la moto con ideas imposibles, el sufrimiento forma parte de la vida, nos guste o no. Es lo que hay.
¿Y no hay salida? ¿No hay nada que hacer? Sí, hay mucho margen de acción y para eso estamos los profesionales de la salud mental: psicólogos y psiquiatras. Los profesionales podemos ayudarte a manejar el malestar y a mejorar tu bienestar. Ningún profesional de la salud mental te va a decir que tiene el secreto de la felicidad o que tiene un método infalible para que controles la vida. Y si así fuera, sal pitando aunque te lo diga desde un púlpito o vestido con un traje impecable y una amplia sonrisa. La psicología, por fortuna, es otra cosa muy diferente. Si tienes dudas, profesionales de la psicología. Sí, psicología.
En la elaboración de este artículo, han colaborado los psicólogos Nacho Coller y Miguel Ángel Rizaldos.

