Este historia que te cuento es la tercera de una trilogía dedicada al mundo de las compras, las parejas, las broncas y las rupturas. Te aconsejo, para que no pierdas mucho el hilo, que le pegues un vistazo a las dos historias anteriores que puedes encontrar en el blog. De todas maneras, te vas a perder igualmente, este texto va sin brújula.

Historia 1. María, ingeniera informática en paro y Lucía, filóloga y profesora en un centro privado de rancio abolengo deciden hacer noche en Ikea y probar varios modelos de camas. Se han escondido debajo de una cama modelo Hundral y solo les ha visto un niño pelirrojo que parece huir de su padre.
Historia 2. Adrián y Elena son una pareja a punto de separarse que decide ir a Ikea como parte de la terapia de un psicólogo un tanto peculiar. La idea es comprobar si esa visita, rememorando una que hicieron hace 20 años, une o revienta la pareja. En la entrada, se encuentran a su psicólogo fotografiando y persiguiendo a parejas que discuten.
Historia 3. Manolo, piloto de Iberia, Juan policía local de Benidorm y Prudencio, trabajador de Ikea (licenciado en psicología) tras cerrar una venta, abren un acuerdo y deciden irse a un local del centro de la ciudad.
Historia 4. Un niño pelirrojo en régimen de custodia compartida, está cansado de ir todos los fines de semana a Ikea a captar parejas para el trabajo de su papá, que es psicólogo especialista en terapia de parejas. Avergonzado de su padre, se esconde entre un montón de cajas.

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Historia 1. Un aventura bajo una cama sin final feliz.

– Lucía cariño, esto va en marcha, ya van apagando las luces y el personal empieza a pirarse. Esta noche va ser la bomba.

– María, no sé ni como me he dejado convencer, no sé que tienes, pero siempre te sales con la tuya. Parezco tonta. ¡Cómo nos pillen, qué vergüenza! Además, ese niño pelirrojo nos ha visto hace un rato y no me ha gustado nada su mirada. Me da mala espina

–  Calla chica, no me seas waterparty, que ese niño no se entera.

Tras unos minutos de silencios y una tensa espera, Lucía busca con su mano derecha los botones de su falda y con la otra mano dirige la de María hacia su cintura. Le encantaban esos momentos de tensión, se le disparaba la libido y no se podía controlar. Habían apagado las luces principales y espacio dedicado a dormitorios estaba medio a oscuras; lo suficiente para crecerse.

– Buenas noches señoras. Un tipo de mediana estatura, mostacho prominente y voz carajillera iluminaba sus caras y sus escondidas manos con una linterna que bien podría hacer el papel de porra si el guión lo exigiera. ¡Por el amor de Dios, que no tienen ustedes 15 años! Si no les importa, les acompaño a la salida. Un gracias chaval, fueron las últimas palabras que emitió el segurata por el walkie en la puerta de salida.
Dos mujeres que buscaban una aventura acaban de patitas en la calle y discutiendo a grito pelado por los pasillos.
– La culpa es tuya, es que se te ocurre cada cosa, qué vergüenza madre mía, qué vergüenza.
– Pues tonta tú por hacerme caso, que parece mentira, que luego bien que te gusta.
– Disculpen señoras, perdonen si les molesto, pero me voy a presentar. Un tipo alto, bien vestido, pelirrojo y con un ojo morado se planta ante ellas. Mi nombre es Juan y soy psicólogo especialista en parejas. Les dejo una tarjeta de visita y un cupón de un 30% de descuento en la terapia. Espero verles y quedo su disposición.
Lucía y María se quedaron patidifusas observando a este oscuro personaje mientras se subían al coche aparcado en la explanada del centro comercial.
Un whatsApp en el teléfono del psicólogo:
Buen trabajo pápa, somos grandes. Me debes 30 pavos y una cena en Mcdonalds, ¿Nos vamos ya?

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Historia 2. Un apareja que se reconcilia y un ojo a la virulé.

Elena y Adrián andan a la caza del causante de sus andanzas en Ikea. El loquero pelopanoja, según lo describe Adrián, les ha jodido el bolsillo, les ha hecho ir a Ikea un sábado por la tarde para salvar su matrimonio y encima, han visto al tipo persiguiendo a varias parejas jóvenes, cámara y libreta en mano.
– Adrián que te pierdes, que no vale la pena, por favor no montes ningún numerito.

– Mira cariño, ese Pippi Lamstrung se va a enterar, la madre que lo parió.
Desde cierta distancia, observan al psicólogo como toma notas de las diferentes parejas que pasan cerca de él, la gran mayoría, jóvenes malhumorados y discutiendo. De espaldas a donde estaba el psicólogo empiezan a discutir subiendo el tono de la conversación casi sin darse cuenta.

– Mira ya no aguanto más cariño, se lo voy a explicar al tonto del haba éste.

– Que no Adrián, déjalo que no vale la pena.

– Que no lo dejo, cariño, que me está subiendo la úlcera. Voy y se lo explico.

– Venga mi tigre, vámonos a cenar por ahí y nos vamos luego a casa, que llevo lencería de estreno.

– ¿Lencería fina? ¿Cuándo la has comprado?

– Disculpen, perdonen si les molesto, pero me voy a presentar, soy…
Un tipo alto, bien vestido y pelirrojo, estaba delante de ellos con una tarjeta de visita en la mano izquierda y con el cupón descuento que utilizaron la primera vez que fueron a su terapia en la derecha. Un mandoble impactó en su mejilla izquierda haciendo que cayera de bruces sobre un conjunto de almohadones con forma de corazón que se encontraban a su espalda. No era la primera hostia que recibía en acto de servicio y esta vez por lo menos, la caída no fue tan dura. Gajes del oficio, pensó el psicólogo.

– ¡Oye cariño! ¿De qué color es la lencería?

– Rojo carmín, como a ti te gusta

– Vámonos bandida que me pierdo.
Una noche de cena con final feliz. Sexo, pasión, algunos recuerdos y tal vez, algo de esperanza. Un último susurro antes de dormir.
– Adri cariño, si al final tendremos que dar las gracias al pobre psicólogo. ¡Menuda noche me has dado campeón, ni en tus mejores tiempos!
Dos risas cómplices finiquitaron una larga y excitada noche. Unos cuantos años plagados de malos rollos borrados de un plumazo.

HISTORIA 3. Un deportivo, una cena sorpresa y Jose Luis Perales.

Un flamante deportivo rojo está aparcado justo en la puerta de un centro cultural del centro de la ciudad. Los tres ocupantes, cargados con varias cajas, se dirigen con prisas hacia su interior.

– Vamos rápido que no llegamos. ¿has cerrado el coche, Juan?

– Sí cariño. Y además, recuerda que soy poli y por esta zona de la ciudad me conoce todo el mundo, tranqui. ¡Uy que nervioso estoy!
Prudencio cargaba con varias bolsas y veía en esa noche una perfecta oportunidad para ganarse algo de pasta y hacer nuevos contactos. Estaba convencido, tal y como le habían comentado sus nuevos acompañantes, que se trataba de ultimar los detalles de la iluminación de una exposición que se hacía esa madrugada. Un artista internacional hacía acto de presencia en la ciudad y querían hacer bien las cosas.  Un largo pasillo, escaso de luz, decorado con cuadros de jóvenes artistas de la ciudad, les conducía a lo que parecía la sala principal del Centro Cultural. La puerta se cerró de golpe tras entrar en la oscura sala. Un estruendoso ruido recorrió la estancia y no había nadie a su lado; Juan y Manuel no aparecían por ningún lado.

– ¿Hola? ¿Hay alguien? ¿Hola?
Un intenso aroma a incienso y a aceite de Hinoki inundaba la sala. Un silencio ensordecedor hizo que aparecieran los primeros síntomas de ansiedad en Prudencio. Un corazón que parecía un tam-tam, una respiración entrecortada, varios músculos en tensión y unas pupilas dilatadas preparadas para percibir con toda atención los peligros de su alrededor, eran la prueba fehaciente de que estaba vivo. Biología pura y dura.

– ¿Hola?
Una misteriosa luz roja hizo acto de presencia y dio un par de vueltas durante unos segundos alrededor de su cuerpo. A continuación, una intensa luz blanca cayó proyectada en su cara haciendo que tuviera que entrecerrar sus ojos. Mientras tanto, una canción de Jose Luis Perales sonaba de fondo.

– Hostias, esto no es cosa de espíritus pero sí de algún zumbao.
Veinte tipos cogidos de la mano y vestidos de nazarenos cantaban a su alrededor formando un gran círculo. Las luces de la sala se habían encendido y Perales sonaba a todo tren. Una escena impagable digna de Ignatius J. Reilly y su conjura de necios, pensó Prudencio un tanto más tranquilo.
– ¡Sorpresaaaaaa!
– Glups.
Todo eran caras conocidas. Vida, pasado, cervezas, zumo de granada, canapés de probióticos, futuro, experiencias y algunas cosas más, auguraban una noche muy, muy larga. Y no solo para ellos,los ganchos, el piloto de Iberia y el policía de Benidorm,  esperaban con la guardia alta que llegara su momento.

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HISTORIA 4. El pequeño Sigmund y varios WhatsApp.

El pequeño Sigmund seguía escondido entre varias cajas en el almacén. La consola PSP, el whatsApp en el teléfono móvil y su extensa jeta, eran sus únicos compañeros de viaje.

– Mamá, el papá cada vez está peor. Tengo ganas de que llegue la semana que viene para estar contigo. Por cierto, hay un juego de la Play 4 que me podrías comprar, se llama Call of Duty. Te quiero mamá. Una cosa más, ¿Podrías comprarme un perrito?

– Hola cariño, te quiero. ¿Qué perrito quiere mi nene? ¿Un Pitbull?

– Señor guarda, hay dos tías escondidas debajo de una cama modelo Hundral, y creo que quieren quedarse toda la noche en Ikea. No tienen buena pinta.

– Papá, nos vemos fuera. Prepárate en la puerta que te mando trabajo. Te quiero. No quiero irme con la mamá.