España, Cataluña, Peret y Piolin
Mi vecino de la puerta cuatro destila hispanidad por los cuatro costados, o eso dice su mujer. Se llama Manolo, es funcionario de prisiones, está felizmente casado desde hace casi cuarenta años con Carmen, con la que tiene dos hijos varones de treinta y veinticinco años. Los chicos son universitarios, uno licenciado en derecho y el más pequeño historiador, y lo que viene siendo un clásico en este país, los dos están en las listas del paro. Como Manolo es un tipo que ama las palabras raza, furia, España y olé, ha colocado en su balcón una bandera de España de tres metros y medio de eslora, viento en popa a toda vela. Como Manolo y Carmen son unos buenos españoles, amantes del jamón, ávidos lectores de Lorca y de Quevedo, forofos del vino en bota, expertos en siestas y enamorados del ruido y de la música, todas los días de la semana a las cinco en punto de la tarde incluyendo las fiestas de guardar, salen a la terraza, enchufan su equipo de música, ponen los altavoces a todo volumen y hacen sonar canciones de Peret, de Serrat y de Kiko Veneno cantando en catalán. Así, con un par.
Como el vecino de la puerta ocho que vive dos pisos más arriba es un tipo muy envidioso, amante del refranero español, amigo de la testosterona y del “a ver quien la tiene más gorda”, ha colocado en el balcón un mástil que sobresale cuatro metros de la fachada desde el que cuelga la bandera oficial de Cataluña. Cinco metros de eslora y avante a toda máquina. Como la envidia nunca cabalga sola y el yo tuerto pero tú ciego es tan español como catalán, todos los días de la semana a las cinco en punto de la tarde incluyendo las fiestas de guardar, saca dos altavoces al patio de luces y otros dos a la calle y pone a toda mecha canciones de los catalanes Estopa, Jarabe de Palo y Los Sencillos cantando en español, aunque a él le gusta decir que cantan en castellano.
Como de todo tiene que haber en la viña del señor y las comunidades de vecinos son un microcosmos y un fantástico laboratorio para que los sociólogos, psicólogos y electricistas hagan sus conjeturas y arreglen algunos fusibles, el vecino de la puerta uno tiene una bandera estelada en la ventana y un papagayo disfémico y nacionalista con problemas de memoria que se llama Piolin. Como las alteraciones en la memoria no son selectivas ni controlables, y a mí me da que el papagayo es un poco cabrón, cuando el vecino canta Els Segadors, Piolín mete estrofas del “Que viva España” de Manolo Escobar. Una relación de amor odio y de contigo ni sin ti entre un pájaro y el otro.
Como la realidad siempre supera la ficción, en el tercer piso habita un tipo mal encarado, rancio, narcisista y bastante gilipollas con un fenotipo de lanzador de peso venido a menos y con un genotipo repleto de sorpresas. Tiene la bandera de España con el aguilucho colocada en el balcón, un perro de raza Pit Bull que se llama Jose María que caga donde le viene en gana. Como las desgracias nunca vienen solas, el pack viene con diez kilos de testosterona y tres cuartos de mala hostia. Mi vecino que es un poco corto de luces aunque él piensa que lleva siempre enchufadas las largas, se sabe de memoria las entrañables canciones A por ellos, oé, a por ellos, oé y la letra franquista del himno nacional. Su cociente intelectual asemeja al de Patricio de Bob Esponja y su capacidad empática es similar al de una ameba. Y sí amiguete, con tipos como este el mundo es lo que es, unamierdapinchánunpalo en su máxima expresión.
Como en toda comunidad vecinal que se precie hay personal que lo mismo le da por el bricolaje que por prepararse una maratón, en la puerta cinco vive un tipo que es amante del deporte y de la marihuana en su vertiente terapéutica. Como no podía ser de otra manera, en su balcón cuelgan dos banderas, una de Etipoía y otra de Jamaica, y por las las noches ameniza al vencidario con música reggae y con abundante humo terapéutico. Pared con pared y justo en la puerta de al lado, una simpática pareja de profesionales liberales tararean las canciones de reggae, inhalan algo de humo terapéutico y sueñan con un mundo mejor. Como les disgusta lo que ven a su alrededor, han obviado las banderas y han colocado un simpático cartel: mi mundo es otro.

En el ático vive un tipo la mar de feliz. Es un poco sordo, buena gente, le preocupa lo que le pasa a tipos y tipas que viven la vida como él. No olvida que el partido que gobierna en su país está metido hasta el fondo en el lodazal de la corrupción. Y tampoco olvida que el partido que gobierna en Cataluña es otro campeón de las corruptelas, de las mentiras y de las medio verdades. No le agrada la gente que tiene su dinero en Andorra o en Suiza y que van de salvapatrias. Está molesto con lo poco que se apuesta por la investigación en su país. Le disgusta cada vez que lee los recibos de la luz y los sablazos que le meten. Recuerda muchas veces el dinero que ha desaparecido de ayuda a los bancos. Le encanta la paella valenciana, el cocido, la fideuà y el pà amb tomaca. Tiene amigos en el paro, amigos que viven de coña y amigos que discuten por una bandera y por un trozo de tierra. Hoy mi vecino que vive en la antigua casa del portero reconvertida en ático ha colocado el trapo del polvo en el balcón. Esa es su bandera. Tiene miedo y está preocupado. Y a él también le gustaría que el mundo, su mundo, fuera otro. Y a mí.


Cada post tuyo es mejor que el anterior . Este es simplemente. Brillante
Me voy a poner colorado y más viniendo la crítica de quien viene. Muchas gracias Leonor por seguirme y por comentar. Un besote.