Todos los lunes y jueves de principios de cada mes y los últimos miércoles y viernes, Manolo iba a la sucursal del banco Santander más cercana de su casa para mantener una charla con el cajero automático. Como no tenía tarjeta alguna de crédito o de débito con las que sacar o meter dinero o hacer divertidas operaciones bancarias, solo reflexionaba y a veces discutía acerca de la conveniencia de tener su dinero guardado en el colchón, que eso del TAE no lo entendía muy bien, que si los intereses eran muy altos dada la coyuntura económica actual y si lo del tema de los rescates bancarios había sido una engañifa perpetrada por unos trileros dedicados a jugar a gobernantes y que sentía añoranza de la peseta. Manolo era en el fondo un sentimental y si había gente delante de él, esperaba respetuosamente su turno. El cajero le daba siempre la callada por respuesta, evidentemente, pero él seguía filosofando las tardes de los lunes y miércoles de principio de mes, y los jueves y los viernes buscando alguna razón de peso para no volver. Y nunca la tuvo, pero no perdió la fe.

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El pasado viernes tarde coincidiendo con el final de mes, fui al cajero de la oficina ING que hay cerca de mi casa para sacar algo de dinero para la cena de esa noche. Mientras esperaba mi turno, vi a un tipo algo enfadado pidiendo cuentas al cajero automático porque no le había dado el dinero que él había tecleado. Empezó a discutir, subió el tono, le insultó e incluso llegó a perder los nervios pegándole un puñetazo en su pantalla táctil. Y tuvo la callada por respuesta.
Pues eso, hablar o discutir con alguien que no escucha ni pretende hacerlo, y que hagas lo que hagas no se va a atener a razones es como filosofar con un cajero automático; en esos casos, mejor tener el dinero a buen recaudo en el colchón de casa a arriesgarte a que te birlen la cartera.