El orden de los factores sí que altera el producto
Un clásico en un día de compras. Última hora del día, a tope el supermercado, cuatro cajas de las cuales tres están ocupadas y en servicio, y una vacía. Como la entrada del super es un tanto estrecha las cajas no están dispuestas en línea; hay dos delante y dos detrás. A esa hora, las dos de la derecha están en pleno funcionamiento, atendidas por un cajero y una cajera y hay dos colas de al menos seis personas cada una de ellas con los carros repletos de papel higiénico, suavizante, papas, yogures, zumos, cervezas y algunos productos más. En la parte de la izquierda, una cajera atiende a un cliente mientras ocho personas (algunas con el cestito hasta los topes) esperan su turno con más o menos paciencia. Yo estoy el penúltimo y me empiezo a poner de un poquito de mala hostia al observar que el que va delante de mí es un vecino que vive en la finca de enfrente, padre de familia numerosa y que justo hoy ha decidido hacer su compra semanal. Dudo si cambiar de caja. Observo los otros carros, calibro los tempos en cuestión de segundos, sigo dudando y una voz femenina me hace no aventurarme al cambio. De repente, por el altavoz del supermercado llaman a un tal señor Fernando para que acuda a la caja cuatro. Esto tira. Me quedo, espero y viene el joven cajero dispuesto a aliviarnos la espera. Y aquí viene el clásico español. Una cola y dos cajas. ¿Qué diría la lógica y la educación? Que por orden establecido, el personal vaya pasando a la siguiente caja sin atropellos y respetando la cola existente. ¿La realidad? Una estampida. El que estaba cuarto, se coloca a la carrera en primera posición. El que va detrás de mí, hace un quiebro con el carro y con un exterior tapona al resto de la cola colocándose en segunda posición. Una que pasaba por allí con un paquete de arroz, un pan y una botella de vino, anda pidiendo en voz alta si le dejan pasar que solo lleva tres cosas y tiene el perro esperando fuera. Como no podía ser de otra manera, el padre de familia numerosa, un tipo meticuloso, ordenado, cumplidor de las normas y con pocas ganas de volver a casa, no cambia de fila y además, no protesta. Esto es lo que hay, parece pensar. Como soy un tipo al que no le gusta dar conversación alguna cuando tengo algo importante entre manos, he abierto un paquete de papas y me he acordado de las tertulias televisivas en las que un representante político vocifera sus mensajes mientras otro invitado de un partido contrario le corta continuamente y otro, el de más allá, pide paso voz en grito. Pues eso, fieles reflejos de lo que somos. A veces, no entiendo nada, o sí.

