Cuando la vida es una aventura
Me gustaría que te imaginaras a una pareja de ancianos de 86 años él y 84 años ella. Llevan juntos 60 años y sus vidas no han sido nada fáciles. Los dos pertenecen a familias muy humildes, tan humildes que ella fue enviada a la temprana edad de 11 años a trabajar a la ciudad (en concreto a servir en una casa de una familia pudiente dado que en su casa no tenían para comer a cambio de darle cama y comida), lejos de su pueblo, lejos de sus amigos, lejos de su familia, lejos de todo. Su inexistente adolescencia y primera juventud, tal y como la entendemos hoy día, le fue robada. Con la edad de 20 años emigró a Paris buscando un futuro mejor, y me imagino que no le resultaría nada fácil, pero para ella la vida era una aventura. Ha vivido una posguerra, sola, sin una madre o un padre que le arroparan o con los que pudiera mantener algunos secretos y cientos de discusiones. Se enfrentó con la cabeza bien alta a un mundo hostil y desconocido, gentes distintas, un idioma diferente, pero para ella la vida era una aventura y se conducía con la cabeza bien alta. En Francia, en Paris, la ciudad de la luz, como no podía ser de otra manera, conoció el amor, su primer y único amor encarnado en un larguirucho y educado emigrante italiano. Y hasta el día de hoy, su único amor y su gran pasión. Hace pocos años decidieron venir a vivir a España y disfrutar de su tiempo libre, de su vejez y de los ahorros de dos vidas.

Desde hace un tiempo, su eterno amor italiano ha sido diagnosticado de Alzheimer y está viviendo en una residencia; en la que recibe la asistencia que se merece y que ella ya no puede darle. Y no es por no intentarlo, a sus deseos de vivir en la misma casa, en su casa, ya no le acompañaban sus fuerzas. Todos las tardes va a visitarlo y es la primera que llega y la última que se va. Juegan juntos al dominó aunque él intente hacerle trampas desconocidas, le da la merienda, lo cuida, conversa, le hace recordar tiempos pasados, le asea, le mima, le da la cena y un buonanotte caro. 86 años él y 84 ella. Y para ella la vida sigue siendo una aventura. Desde hace poco tiempo que está deprimida, y se siente muy culpable de sentirse mal, no poder cuidarlo y no poder dar lo mejor de sí misma. ¿Sabes lo que más teme? Poder morir antes que su gran amor “¿Quién lo cuidará si yo me muero?” y ya ves, una cosa tan simple le causa desazón: “¿Quién le partirá la fruta por las noches si yo me muero?” Todas las tardes noches del año y no falla ninguna, se despide de su eterno italiano lanzándole un beso desde la ventana de la habitación de la residencia, un beso que tiene camino de vuelta. Para esta mujer la vida sigue siendo una aventura. Lo primero que pensé cuando me contó su historia (que me hizo soltar unas cuantas lágrimas de emoción) fue: “yo de mayor quiero tener a mi lado a alguien como usted”. Y me equivocaba, pudo mi parte de egoísmo; el puñetero yo. Y no, “Yo de mayor quiero ser como usted, señora”.
El amor existe y la vida es una aventura que no siempre tiene un final feliz. Menuda lección.


Bonita historia, habrá gente que no quiera eso?
Gracias Guiller y así es. Yo creo que todos deseamos tener a alguien así a nuestro lado, o mejor dicho, poder ofrecer lo mismo a quien queremos. Un saludo.