Mi vecino de la puerta cuatro es un amante bandido de la ley y del orden, meticuloso hasta el infinito y más allá a la hora de ordenar armarios y despensa, firme defensor de la Nocilla frente a la Nutella y como no podía ser de otra manera, defensor a ultranza de los grumitos del Colacao frente a la inmediatez del fluido y sosainas Nesquik. Si entras en su cocina y abres algún armario, el material anda repartido exclusivamente por colorines e igual te mezcla la harina, el azúcar y la leche con el papel de las manos y una caja de detergente de Colón, que abres un cajón y hete aquí que aparecen en perfecta sinfonía tres tomates Raf, dos botes de coca-cola, una caja roja de bombones Nestlé junto a una deficitaria botella de Bitter Kas. Como tener firmes principios y ser un hombre de ley y de orden no le exime a uno de los problemas del mundanal ruido, lleva tres días confinado, ojiplático y con flojera intestinal.
Aunque la psicología se esmera en encontrar muchos tipos de personalidad, estoy convencido de que hay dos tipos de personas; unas a quién el miedo o la ansiedad le provoca debilidad estomacal y por ende, les hace asiduos a las letrinas, y los otros, a los que la incertidumbre, el miedo y la ansiedad le genera tapones intestinales y por ende, seres extraños en los retretes. Y entre estos últimos se encuentra mi vecino. Y es que el cerebro y el intestino de mi vecino son como un matrimonio mal avenido al que le faltan conexiones y falla la liberación de fluidos.
Hoy, a las cinco en punto de la tarde, con viento de Levante, tras tres días de confinamiento y tras un inesperado, agridulce y urgente apretón, mi vecino le ha ofrecido al evacuatorio unos cuantos excrementos con tanto mimo como buen tino. Un campeón. Como todo el mundo sabe que toda liberación va acompañada de tiempos convulsos y que cuando cae un sistema fácil es que aparezca un efímero caos, mi vecino se ha encontrado con un tubo de cartón donde tendría que haber un rollo de papel. Consternado y de mala leche se ha levantado a duras penas (¿alguien me puede decir qué significa “duras penas”? y después de escudriñar toda la casa arriba y abajo y abrir cajones y armarios marcados con el color blanco, no ha encontrado ni rastro del papel higiénico. Qué mal rollito.


No voy a entrar en detalles que puedan herir tu sensibilidad y dejo que vuele tu imaginación hasta donde tus límites te lleven, pero te aviso que mi vecino además de ser muy ordenado y meticuloso y un poco rarito con las cosas del día a día, en la última reforma casera ordenó quitar el bidé, un instrumento que no valía paná, le dijo textualmente al fontanero. Como te iba contando, mi vecino se ha colocado los pantalones en su sitio y abrochado el botón, se ha subido la cremallera y se ha dirigido al primer piso puerta dos en modo buen rollo que le saque de este apuro.

La vecina de la puerta dos, cajera del super de la esquina, que se está ganando el cielo en estas fechas, que cuenta con los aplausos del personal a las ocho en punto de la tarde y que más que reconocimientos espera un buen aumento de sueldo y mejores condiciones laborales, le ha ofrecido en menos que canta un gallo un rollo inmaculado con triple capa suave y resistente para un uso más confortable. Cada rollo está impregnado con una delicada fragancia de perfume aplicada en la parte interna del tubo de cartón (y no sobre el papel) con el objetivo de ser siempre delicado para la piel y llevar al baño una suave sensación de frescor. (A Dios pongo por testigo que esto pone en el envoltorio del papel higiénico; sí, ya podemos saber quien piensa en y con el culo).
Mi vecino, que además de tener un estómago poco agradecido es un tipo muy educado, le ha dado cortésmente las gracias y le ha invitado a tomar un té cuando ella desee y pueda. La vecina de la puerta dos, que anda cansada de tanto currar y que está muy baja de energías y con una carencia mayúscula de mimos y caricias, le ha dicho que preferiría un buen tazón de Colacao acompañado de una buena tostada de Nocilla.

 

Hoy, un tipo ha vuelto a casa más feliz que una perdiz, con un rollo salvador en la mano derecha y otro posible rollo con el que edulcorar el día y darle una alegría a su confinamiento. Hoy, una cajera agotada que no para de currar, con un horario que le impide conciliar y que más que aplausos se merece un buen aumento de sueldo, ya tiene quien le escriba y que le aporte algo más de color a su vida. Y sí, para gustos, colores, y de colores mi vecino, es un campeón.
Por cierto, ¿tienes suficiente papel higiénico en casa?