Adán y Eva, una manzana, y un trabajador quemado.
Y todo empezó con una manzana. El trabajo es un castigo para el católico. Y todo empezó hace unos pocos años en el Edén cuando Adán y Eva decidieron, una mañanita soleada, comerse una manzana del árbol prohibido. El castigo: te ganarás el pan con el sudor de tu frente, es decir, que te va a tocar trabajar durante muchos años. Y sí, para el cristianismo, el trabajo es una maldición divina. Trabaja para vivir.
Génesis 3:19. Te ganarás el pan con el sudor de tu frente hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Porque polvo eres y al polvo volverás.
Y en esto que llegaron los protestantes de la mano de Calvino, Lutero y su grupo de seguidores, le dan la vuelta a la tortilla y convierten el trabajo en algo así como una actividad salvadora. Estos parten del planteamiento siguiente: todas las personas nacemos con una vocación que hay que desarrollar plenamente. Así, de este modo, trabajando mucho y muy bien, demostramos que somos los elegidos por Dios para alcanzar la salvación eterna (creo que aquí aparecieron las primeras horas extras). Vivir para trabajar, hete aquí una frase pintiparada.
Pasamos gran parte de nuestro tiempo en el trabajo, y convivimos con compañeros que nos hacen la jornada un poco más llevadera y divertida. Nos ilusionamos, nos estresamos, nos preocupamos, compartimos ideas, proyectos e ilusiones, y también marrones y sinsabores. Pero ¿qué pasa si ocurre lo contrario? ¿Y si me aburro, estoy desilusionado, quemado y sin ningunas ganas?
Te dejo tres opciones:
Opción A: Confía en que te toque la lotería (sigue jugando).
Opción B: Manda ese curro a hacer puñetas y busca otro que te aporte más y te ilusione.
En esto recuerda que, tal y como dijo Ignacio de Loyola: “En época de tribulaciones no hay que hacer mudanzas”. Así que las decisiones, que sean desde la calma y la perspectiva.
Opción C: Lee este artículo y considera estas recomendaciones.
Pero si te parece, primero contesta unas cuantas preguntas.
¿Te has dicho a ti mismo alguna vez: “Ya no puedo dar más de sí”? ¿Tu trabajo ya no te motiva? ¿Acudes con desgana? ¿Te sientes emocionalmente cansado? ¿Has notado cambios en tu forma de relacionarte con los demás, ya no te produce placer? ¿Tienes que esforzarte más de lo habitual para desempeñar tus tareas profesionales? El mal rollo que sientes en el trabajo ¿afecta a otras áreas de tu vida?
Si en tus respuestas abunda el SÍ, es fácil deducir que estás pasando por lo que se conoce como “síndrome del trabajador quemado”. Profundicemos un poco más.
Importante: ¿eres susceptible de chamuscarte en el trabajo?
Observa estas características de personalidad, y señala las que tengan que ver con tu estilo.
¿Eres de los que se implican, idealista, optimista y con vocación de ayudar a los demás?
¿Eres sensible a las necesidades de los demás y a sus sentimientos?
¿Te muestras entusiasta al inicio del trabajo y con vocación?
¿Te gusta hacer las cosas bien, con ese punto de perfeccionismo y autoexigencia?
¿Te cuesta afrontar las situaciones estresantes? ¿Los malos rollos te afectan más que a los demás?
¿Dedicas un tiempo considerable al trabajo? ¿Es el motor de tu vida?
¿Te afecta que tu trabajo sea poco motivador, rutinario, monótono?
Si te ves reflejado en muchas, sigue leyendo.
Síntomas del trabajador quemado.
¿Qué le pasa a tu coco?
Déficit de autoestima; falta de atención y concentración; ansiedad y cambios drásticos de humor; sentimientos de fracaso, vacío y desamparo; falta de ilusión y actitud pesimista hacia tu profesión.
¿Qué le pasa a tu cuerpo?
Insomnio; taquicardia; cansancio y fatiga, dolor de cabeza; aumento de la presión arterial; sensación de no descansar, ni los fines de semana ni en vacaciones.
¿Y el resultado de todo ello?
Mala calidad en el trabajo diario, despistes, negligencias; ausencias injustificadas o bajas (tú, que nunca habías faltado); dificultad en las relaciones con los compañeros o con las personas que atiendes; aumento del consumo de café, tabaco.
¿Qué puedo hacer? 8 pasos para dejar de estar abrasado y una visita al cine con McGiver.
Todos necesitamos pistas para no perder el norte. A veces funciona una visita al cine, echarse unos bailes o una sesión de trabajo con McGiver. Pero lee esto con atención:
- Hazlo público. Comenta cómo te sientes a personas sanas y cercanas. Recuerda que los amigos son el mejor antidepresivo que hay en el mercado, junto con el deporte y la vida afectiva. Un buen confidente nos ayuda a desatascarnos, aportando soluciones que no se nos habían ocurrido antes.
- No te culpes por lo que te pasa. No eres Superman ni un extraterrestre. Hay muchas personas como tú pasando por un proceso similar.
- Reflexiona hasta qué punto es importante el trabajo. Si es crucial en tu vida, no tardará mucho en afectar a otros ámbitos. Relativiza su importancia y rebaja las expectativas respecto a lo que te aporta. Tic-tac, tic-tac… el tiempo pasa.
- Practica aficiones que te den placer y no tengan nada que ver con tu profesión. Hoy puede ser un buen día para descubrir qué llevas dentro: haz bricolaje, sal a correr, tal vez seas una reencarnación de Fred Astaire y aún no lo sabes. Intenta disfrutar y romper con la rigidez: nada, salta, ríe, sal, cocina, expresa, haz algo… lo que sea, pero haz.
- Habla con los compañeros del trabajo para comparar sensaciones. ¿Están pasando por lo mismo? Si fuera así (algo bastante probable, por cierto), te ayudará a paliar tu desdicha. ¿Mal de muchos consuelo de tontos? Bueno, la red social de apoyo funciona. Sentir que otros comparten tus inquietudes y problemas ayuda a relajarse.
- Sal de tus problemas. Intenta introducir cambios en tus rutinas laborales. Traslada a tus jefes, si es posible, que tienes sobrecarga en el trabajo. Tal vez no se han dado cuenta de lo que te pasa y puedan ayudarte.

- Sé espectador de tu vida. Utiliza una técnica que te puede ir de cine: estás sentado en una sala con un buen cubo de palomitas. Ante todo, ponte cómodo. Se apagan las luces y empieza la proyección de Dos días de tu vida. Aparece alguien que habla y se mueve como tú, pero no eres tú. Observa qué hace ese personaje al levantarse, qué desayuna, cómo sale de casa, qué le pasa en el trabajo, cómo se siente, cómo sufre. Analiza el cansancio y su mal humor, su tristeza, su sensación de inutilidad, sus sueños incumplidos, su culpa. Llega la noche y lo ves dar vueltas en la cama, con insomnio y pesadillas. ¡Menudo tostón de película! ¿Dónde me he metido?, te dirás. Por suerte, puedes apretar el botón de pausa: aún estás a tiempo. Piensa qué te gustaría que sucediera al día siguiente, qué quieres cambiar, cómo te gustaría sentirte, dónde te gustaría estar. Te recomiendo que no te quedes en “pausa” mucho tiempo. El tiempo pasa y tu vida es muy valiosa.
- No descartes la ayuda profesional. Un psicólogo te ayuda a detectar los problemas, y hace un especial hincapié en buscar soluciones. Recuerda que la terapia no es simplemente hablar sobre lo mal que te sientes; un buen profesional te anima a dar los pasos necesarios para recuperarte y tomar decisiones. Y para eso, no hacen falta muchas visitas ni toda la vida con terapia.
Saludos y que tengas un buen día.
Si quieres más información, puedes visitar nuestra página de Facebook Psicología Salud y Deporte o si prefieres seguirnos en Twitter @nachocoller. Tienes también la opción de visualizar nuestros vídeos en nuestro canal de Youtube. Puedes contactar conmigo vía correo psicologo@nachocoller.com, o vía online.



