Juega el hijo y asiste el padre.
Muchos niños, de mayor, quieren ser Messi, Lorenzo, Márquez, Iniesta, Ronaldo, Rafa Nadal (qué grande es Rafa), y los padres están encantados de que estos deseos, aunque sean imposibles, formen parte del funcionamiento diario de sus hijos; es más, ayudan de manera activa para que por lo menos lo intenten y que disfruten haciendo deporte, sin más, solo por el mero hecho de disfrutar.
Evidentemente, esta es una excelente propuesta educativa, y aquí, tener un póster de su héroe en la habitación es más que obligado. Porque juega el hijo y asiste el padre.
Aun así, hay un porcentaje considerable de padres (quiero pensar que no son muchos, aunque me temo que no es así) que ven en el anhelo de alcanzar la gloria de los niños una oportunidad para resarcirse de su malograda infancia y saborear lo que no pudieron conseguir (reconocimiento), y de paso aclarar cuentas con su pasado. Pero ¿con el éxito de sus hijos?
Estos progenitores, aprovechando la coyuntura deportiva, les obligan, les gritan, les presionan, incluso les ridiculizan cuando no consiguen buenos resultados; les encumbran continuamente cuando tienen un buen partido, parlotean con el resto de adultos, estando los menores presentes, alardeando de que se retirarán cuando su hijo alcance la fama. Pero no sólo eso: critican a otros compañeros del niño, diciendo que son peores; ponen en jaque las decisiones del entrenador… En fin, una elaborada y minuciosa labor pedagógica de manual para que ese niño, ya de adulto, acabe en la consulta de un psicólogo intentando encajar las piezas que un día se descoloraron. Un puzzle desordenado, porque en este caso juega el padre, y asiste el hijo.
La estadística: dice que 1 de cada 10.000 niños llegará a ser futbolista profesional. Disfrutar por disfrutar. Esa es la cuestión.
De la cancha deportiva al sillón de mi habitación.
Alexelcapo: especialidad en videojuegos con historia, crítico de videojuegos y youtuber. Público: Adolescentes y jóvenes.
Richma: jugador de Minecraft. Lo que mola son sus comentarios. Público: Adolescentes.
Auronplay: crítico de programas basura, de canciones basura (reguetón), y de vídeos basura. Más que recomendable. Público: Adolescentes.
Luzublogs o Luzugames: reflexiona sobre las pequeñas cosas de la vida. Hace pensar al público juvenil y adolescente. Le pega a todo, juega y habla.
Rubius: un crack. Divertido e irreverente. Monologuista. Público: jóvenes y encandila a los niños. Se curra los videos que cuelga.
Vegetta777: el rey del juego. Cuida el lenguaje, evita los tacos y los papás lo agradecen. Los niños flipan con él.
Thewillyrex: amigo inseparable de Vegetta. Del mismo palo que Vegetta. Más que correcto.
Estos chicos son los amos de Youtube, pero también son los reyes de la infancia. Por supuesto.
¿Y qué pasa si el niño quiere ser Vegetta, Rubius o LuzuGames? ¿Quiénes son estos tipos? Así es como se hacen llamar unos chicos youtubers o gamers, expertos en videojuegos, que hacen las delicias de los pequeños (desde los 8 años de edad hasta el adolescente y joven). Mientras ellos juegan y comentan las jugadas, los niños miran absortos desde el otro lado de la pantalla del móvil, de la tableta o del ordenador, convirtiendo a los niños-espectadores en unos auténticos mirones. Pueden pasarse horas delante de la pantalla esperando a ver cómo reacciona el experto jugador al conseguir el último cromo del FIFA 16, al descubrir el último secreto del Minecraft o cualquier otra hazaña en un juego de moda.
Merece la pena verlo. Lo que les da un plus a estos jugadores es la narración de los hechos, la risa, la diversión, el comentario cachondo que encandila a los más pequeños, el juego en directo on-line, la proximidad, la cercanía. Tienen todas las papeletas para que cualquiera que se interese por los videojuegos (aquí los jóvenes se llevan la palma) pueda identificarse con ellos y desee emularlos: “Papá, yo quiero ser como Vegetta”, “Mamá, yo de mayor quiero ser Alexelcapo”.
Que no nos sorprenda. ¿Verdad que en las partidas de dominó de los mayores suele haber un mirón o más, y nadie recrimina su pasividad? ¿Y qué me dicen del corrillo de embobados que siguen sin pestañear una partida de ajedrez? ¿Y de las partidas de futbolín de cualquier bar? Ante una mesa o tablero donde se juega con maestría, siempre aparece algún interesado que examina las jugadas, y nadie piensa que está perdiendo el tiempo.
Es más, observar es aprender. Fijarse es aprender.
Por ello, quisiera lanzar una sugerencia: ser un jugador “pasivo” no es malo para la salud mental. Todos los grandes maestros han analizado las jugadas de otros, han estudiado una y otra vez estrategias y movimientos ajenos. Lo único importante es saber quién hay al otro lado, qué dice, qué hace, qué lenguaje utiliza, qué valores transmite, para así poder orientar al menor. Y por supuesto, sentarse junto al niño, interesarse, compartir su juego y, evidentemente, controlar los tiempos.
Así tendremos el tándem perfecto: juega el hijo, y asiste y juega el padre.
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PD. Aprovecho para dar las gracias a estos chicos por entretener y por cuidar el lenguaje que utilizan (no se olvidan que hay niños). Ya me gustaría que más de un comentarista o tertuliano de la parrilla televisiva, o mejor dicho, que programas que se ofrecen en horario infantil, hicieran lo mismo que estos jóvenes.





