La ausencia de empatía cuando el de enfrente es un asesino.
“Nunca he sentido con nadie menos empatía que con Rekarte“. Este titular apareció en el diario El País el pasado 12 de mayo; el autor es Jordi Évole y al que se refiere es a Iñaki Rekarte, un exetarra al que el periodista entrevistó para su programa Salvados en La Sexta este mes de mayo. Huelga decir que el programa no estuvo ni está exento de polémica.Me gusta el estilo de este periodista, es incisivo, transgresor, diferente y ha aportado un soplo de aire fresco y divertido al panorama periodístico y político actual (que por cierto, buena falta nos hacía). Por sacarle un pero a su forma de entrevistar, no me gusta el uso indiscriminado que hace del tuteo cuando se dirige a los entrevistados, le da igual que el otro sea panadero, electricista, diputado, futbolista o gerente de una empresa. Para Jordi Évole, son todos tú, bueno, casi todos, hay algunos que reciben el trato de usted. Tal vez sea una herramienta para no crear distinciones de clases, o tal vez sea una táctica para pillar con el paso cambiado al político o dirigente de turno que no está acostumbrado a ese tipo de trato por parte del respetable. Y parece que no le ha ido del todo mal desde el punto de vista informativo, a más de uno le ha metido un gol, y muchos de nosotros nos hemos sentido abochornados al escuchar las respuestas o los silencios de algunos de los entrevistados. El paseo silencioso de Juan Cotino por las calles de Valencia, con Évole intentando sacarle alguna declaración sobre el accidente de metro de la ciudad en el que murieron 43 personas, se recordará como un momento cumbre del periodismo en España.
Pero dejemos esta ultra corrección y vayamos a lo que nos ocupa en este post.
La ausencia de empatía cuando el de enfrente es un asesino.
La psicóloga Tania Singer, directora del Departamento de Neurociencias del Instituo Max Planck en Leipzig, Alemania, publicó el año 2006 en la revista Nature, un interesante estudio, “Empathic Neural Responses are Modulated by the Perceived Fairness of Others”, sobre la ausencia de empatía o la presencia de su opuesto (sentir placer ante el dolor o el sufrimiento ajeno), especialmente si esa persona pertenecía a un grupo que nos desagradaba.
El estudio refiere que cuando una persona observaba a otra que había hecho trampas o a miembros de grupos diferentes al suyo sufriendo, no mostraba la respuesta empática habitual sino que presentaba, en su lugar, un aumento de la activación del núcleo accumbens que es un área asociada al procesamiento de la recompensa y del placer, es decir, que llegaba casi a disfrutar de la desgracia ajena. Los chistes, si son buenos y si la risa es genuina, también activan este núcleo, provocando una sensación de bienestar que puede durar unas cuantas horas. Si quieres ampliar la información puedes consultar el post “Me gusta cuando escuchas porque no estás tan ausente” que trata entre otras cosas, de las distintas zonas cerebrales que intervienen en los diferentes tipos de empatía.
Te propongo un juego mental para ejercitar tu empatía.
Es un juego de ida y vuelta, y en el que es fácil que florezcan emociones como la tristeza, el dolor y la rabia. Necesitamos 5 minutos de lectura de dos cartas, y algo más de 3 minutos para prestar atención a un vídeo. La primera carta que me gustaría que leyeras es la que escribió Silvia Gómez Ríos, hija de un matrimonio asesinado por Iñaki Rekarte en 1992. Silvia expresa incomprensión y pesar hacia el periodista autor de la entrevista, y rabia y compasión al mismo tiempo hacia el asesino de sus padres. Y es impresionante tanto en el fondo como en la forma. La otra carta, es la contestación de Jordi Évole a Silvia, en la que le explica el porqué de la entrevista, y le pide al mismo tiempo disculpas. Si esta carta hubiera estado acompañada de unas palabras como “Entiendo Silvia el dolor y el malestar que puedes sentir tras ver el asesino de tus padres en un programa de televisión hablando sobre su vida pasada y presente. Si con el ejercicio de mi profesión he reabierto heridas que no pueden cicatrizar del todo ni con el tiempo, ni con la mejor de las psicoterapias, ni con la gran dosis de compasión que muestras en tu carta hacia el asesino de tus padres, lo lamento de veras…“, la preocupación empática mostrada por el periodista hubiera resultado más genuina y más auténtica. Prefiero pensar que palabras parecidas habrá tenido con Silvia en la conversación telefónica que mantuvieron.
Una pregunta concreta, un silencio demoledor y un olvido imperdonable.
Cuando alguien comete algún error, sea este de mayor o menor calado, la psicología recomienda radiografiar cada instante de la acción realizada con el objetivo de detectar los fallos propios y así, en las siguientes ocasiones, poder tener más garantías de acierto y minimizar los errores (este ejercicio en los deportistas de alto rendimiento es fundamental al igual que la repetición para conseguir la excelencia). Y no se trata de quedarnos anclados durante mucho tiempo flagelándonos con pensamientos que puedan agudizar la culpa y que nos impidan avanzar. No. Se trata más bien de reflexionar sobre el hecho en sí, aprender y comprender, aceptar nuestras imperfecciones (no todo lo podemos hacer bien), perdonar y perdonarse cuando fuera necesario, y proponerse nuevos objetivos vitales con el afán de alcanzarlos.
Cuando uno ve el vídeo de la entrevista en el que Iñaki Rekarte no recuerda el nombre de las personas a las que ha asesinado, es más que lícito plantearse si este sujeto ha buceado con claridad en sus pensamientos, en sus acciones y en las consecuencias de estas. Yo tengo mil y una dudas sobre la cuestión. Arrepentido de su pasado como terrorista está, eso parece claro según sus palabras, pero la fórmula que ha utilizado para llegar a esa situación parece más que discutible. ¿Es posible llegar a ese estado sin saber o no querer saber, los nombres de las personas que has asesinado?
Parece ser que no. Creo que es una actitud de tirar hacia delante, de huir y de renegar de los fantasmas del pasado, pero sin la preocupación empática necesaria, lo que hace lícito pensar que su arrepentimiento no es genuino. Aunque si respondemos a la pregunta desde la psicopatología, y bajo el análisis de una personalidad sociopática, la respuesta es afirmativa. En el mapa cerebral las emociones se registran en los centros límbicos, mientras que los sociópatas lo que hacen es activar las regiones frontales, especialmente las áreas relacionadas con el lenguaje. Es decir, puedo hablar de lo mal que me siento pero sin sentir como siente el resto. Puedo hacerte creer lo que tú quieras creer porque la manipulación forma parte de mi personalidad.
Imagino, que tras leer las dos cartas de ida y vuelta y ver el vídeo del programa, habrás sentido un magma de emociones como le ha pasado al que firma este post. La tristeza, el dolor, la rabia y la idignación, son emociones que pueden resultar adaptativas si no se quedan incrustadas en nuestro estilo de pensamiento, en nuestra manera de ver el mundo y en la forma en la que nos relacionamos con los demás. Una buena fórmula para que estas emociones no nos atasquen en la vida, es tener bien ejercitado el músculo de la empatía y adoptar ante la vida, una genuina compasión.
Me quedo con estas palabras del final de la carta de Silvia.
“Y aún así, yo no te deseo ningún mal. Espero que vivas todo lo que puedas en compañía de tus seres queridos. Tú, Iñaki, que puedes disfrutar de esta segunda oportunidad que, como bien dices, te ha dado la vida. Pero, por favor, solo te pido que nos evites el tener que verte y oírte más… pues duele demasiado. Si a mí me condenaste a hacerlo en el silencio de mi casa, hazlo tú en el silencio de la tuya”.


Muy interesante este post. Había visto la entrevista y captó mi interés porque he leído muchas cosas sobre ETA. He visto varias películas que tratan la temática ETA, y los libros sobre este asunto se acumulan en mis estantes. Pero sobretodo creo que estoy saturado del exceso de información que arrojan los medios de comunicación. Una información interesada y tendenciosa. Así que cuando algo se sale del discurso habitual procuro prestarle más atención.
He sido receptivo a la entrevista porque este gobierno lo primero que hizo fue suspender el programa de reinserción y acercamiento entre asesinos y víctimas. Una experiencia que empezaba a dar sus frutos y pretendía ayudar a homicidas y víctimas a evolucionar y mejorar la convivencia en un territorio donde ambas partes están demasiado cerca.
Tu comentario, analizando desde la perspectiva de la empatía, me ha llevado a recordar que durante todo el programa observé detalles que me producían cierto malestar: la frialdad y distancia del homicida al recordar casi todo su pasado, el que mostraba más intensidad en sus recuerdos acerca de haberse sentido engañado por los mandos de ETA que el recuerdo sobre sus víctimas.
Es necesario sortear la discusión sobre si “víctimas y homicidas hubo en ambos bandos”, porque no es motivo de este comentario.
Quiero centrarme en las víctimas y su “victimación social”. No sé como se vive esta situación en otros países, pero aquí no hemos sabido dar una respuesta social adecuada a las “víctimas”.
La leyes juzgan los delitos e ignoran el daño de las víctimas. Ni el Estado ni los agresores resarcen de manera adecuada los daños producidos, incluso el Estado utiliza a las víctimas según intereses políticos. Los medios de comunicación amplifican los efectos perversos y el dolor, y a la sociedad muestra indiferencia o morbosidad sobre las víctimas.
Algunas indemnizaciones sobre conflictos económicos o financieros son de mayor cuantía que las que reciben los familiares de víctimas. Hasta hace muy pocos años matar a alguien en un accidente de tráfico por ir bebido o drogado era un eximente, no un agravante de la pena. Incluso hoy en día mucha gente considera que las penas de prisión por quitar la vida en accidentes de tráfico son excesivas. Véase el indulto al directivo español de una multinacional que mató a otra persona al meterse intencionadamente en una autopista en dirección contraria. El indulto se promovió desde el despacho de abogados donde trabajaba un hijo del entonces ministro de justicia Ruiz Gallardón. El escándalo fue mayúsculo porque además se concedió sin los informes positivos de los técnicos de instituciones penitenciaras y algunos jueces. Meses después se revocó el indulto debido a la presión social.
La falta de empatía, personal y social, sobre las víctimas parece ser una constante. Entiendo que la empatía es un sentimiento de reconocer el dolor ajeno, una sensación íntima del individuo. En cambio la empatía social sería la respuesta social que damos ante ese dolor.
Es frecuente ver a la víctima victimizada. Una consecuencia de la falta de empatía. Es el caso de la entrevista de Jordi Evole a Recarte. Desde una perspectiva sólo periodística es una cuestión muy atractiva. Qué periodista se negaría a entrevistar en profundidad a Recarte, o a Billy el Niño (aquél policía de la brigada político social de Franco, acusado de torturar), o a tantos otros personajes miserables.
Pocas veces los medios de comunicación se cuestionan sobre el efecto que causan en las víctimas de estos individuos, verles de nuevo en espacios públicos.
Algunos consideran que cumplida la pena todo vuelve a la normalidad, pero no es cierto. Cuando sale de la cárcel el asesino no resucita su víctima, ni se recupera el tiempo perdido.
El ostracismo social debería ir acompañado a ciertas penas. Estos personajes deberían entender que pasar desapercibidos lejos de sus víctimas ya sería un avance para evitar más dolor del que causaron.
Los medios de comunicación también deberían ser algo más considerados. El caso de Recarte es extremo porque hay vidas en juego, pero es lo mismo que ver a Mario Conde, o el Dioni ir de plató en plató de televisión como héroes, con el argumento de que “ya he pagado mi pena” y soy igual a cualquier otro. Uno da miedo y el otro risa. El espectáculo continúa, todo por la audiencia.
Mientras tanto la empatía por los suelos.
Muchas gracias por tu reflexión. Es fantática. De la a a la z la hago propia. Un saludo.
Nacho Coller