Mi vecino de la puerta ocho se ha venido arriba y ahora está muy abajo. A un tipo que durante toda su vida se ha caracterizado por hacer lo que le sale de los mismísimos le iban a ordenar a día de hoy quedarse en casa; ni de coña. Un doble del Ansar que en sus mejores momentos ladraba aquello de ¿Quién es la DGT para decirme cuánto vino puedo beber? pero esta vez relacionada con el confinamiento: ¿Quién es el gobierno para decirme a mí que no abra mi bar? Con un par y de aquellos lobos estos lodos.
MI vecino, que no es cura ni ha ido a seminario alguno en su época escolar, tiene un grupo de parroquianos que le adoran y que confían ciegamente en él y especialmente en sus brebajes. Los clientes, que no amigos, son gente de bien, respetuosos con las normas del local que regenta mi vecino, un bareto de los de toda la vida, pagan sus consumiciones religiosamente (por eso son parroquianos) y tiran de la cadena cada vez que van al retrete. De hecho, si te fijas bien en la fotografía que acompaña este texto, son tan educados y mirados con el tema del coronavirus y tan cuidadosos por no contagiar, que mantienen una distancia de un metro y medio entre uno y otro, entre la cerveza y la copa de coñac. Y otra cosa mariposa, se saltan una norma pero no otras, no fuman en el local, no escupen ni blasfeman y evidentemente, ven un partido de futbol en diferido, porque para directos ya tienen a sus mujeres en casa y los espectáculos de los balcones de enfrente. Si centras la atención en la fotografía, mi vecino es un hacha y un tipo muy esmerado en la limpieza y en la no propagación de enfermedades contagiosas, especialmente la actual y su gonorrea y su estupidez mental; que de eso, capitán general. Ha colocado unas láminas de plástico sobre la barra del bar para evitar que sus manjares y sus exquisitas bebidas sufran mácula alguna y parece que a la distinguida clientela parece no importunar. Una lona de transparente plástico a la izquierda y filosofía, cine y discusiones culturales a la derecha. Fenómenos.
Al bueno de mi vecino le va a caer una multita de 26.000 euros a pagar a tocateja con el añadido del cachondeo de todo el barrio, y al resto de los clientes, la policía ha tenido el detallito de meterles 1600 euritos por barba.
¿Manolo, una copita de pacharan?
Quédate en casa, coño. Quédate en casa.