Mi vecino de la puerta doce le está cogiendo gustito a esto del confinamiento. Soltero, sin pareja conocida desde hace unos cuantos lustros, de mañanas viste traje azul y camisa a rayas y al atardecer se transforma en chandalero de los pies a la cabeza. Trabajador de oficina de ocho a tres y fracasado continuo en Tinder las otras veinticuatro, endiña préstamos bancarios de alto interés en el mundo virtual y pierde enteros y gracejo personal en el mundo real. Como es un tipo muy disciplinado, hiperactivo sin diagnosticar y acostumbrado a vivir confinado consigo mismo, este declarado seguidor de Teresa de Ávila lleva muy a gala el vivir sin vivir en él y estas semanas está haciendo con su capa un sayo.

Como lleva muy mal eso de aburrirse, y la soltería, además de retención seminal le produce un insomnio de campeonato, el tiempo de confinarse lo ha dedicado a un montón de actividades y lo que te rondaré morena. Ha tocado el bricolaje y ha arreglado grifería del lavabo y cocina; ha pulido puertas y ya puestos, ha tirado un par de tabiques para gran alegría de los vecinos. Como la creatividad al igual que el amor, no tiene horario ni fecha ni calendario, se ha imbuido en la gastronomía con un par de cursos de cocina online, está aprendiendo a tocar la guitarra clásica curso CCC mediante y por último, decenas de horas de inglés a distancia para dejar de cantar canciones en inglés con el patrio e inigualable guachiguachi.
Como el confinamiento le ha dado para ponerse en modo chapuzas a domicilio, en modo aseo personal (tres semanas sin cortarse las uñas de los pies que en lugar de dedos bien pareciera que tuviera garras) y en modo autoconocimiento trascendental; ha contactado con Borjita Vilaseca coach de éxito y emprendedor a domicilio para que le preste su vasto conocimiento con el que poder alcanzar sus sueños en tiempos de reclusión y ya puestos, aprender a jugar con su niño interior. ¡Qué qué!
No con todo lo anterior, mi vecino ha descubierto una afición que está haciendo las delicias de todo el vecindario sin excepción a las ocho en punto de la tarde. Con puntualidad española, mi orondo vecino dispensador de créditos virtuales y fracasado en el amor, asoma su escasa pelambrera por el pequeño balcón y con auriculares y micrófono en mano se lanza a amenizar la vida confinada de la comunidad. Altavoces, equipo de alta fidelidad, unas cuantas luces y música a toda pastilla que ruge desde su lindo balconcito hasta el último confín del barrio.

Leticia Sabater, Torrebruno, María jesús y su acordeón. El fari, Bisbal, Bertin Osborne, Georgie Dann, Manolo Escobar, un poquito de regueton, y que no falte Paquito el Chocolatero entre otros temazos clásicos y populares, hacen las delicias del personal. Un pinchadiscos renacentista que no deja títere con cabeza hasta las once y media de la noche de lunes a jueves y que se viene arriba hasta las dos de la madrugada los fines de semana. Es el puto amo. Mi vecino, está convencido de que la gente le adora y mucho, y que él, su bricolaje y su preciada elección musical son tan importantes como tener un perro en tiempos de coronavirus.
Hoy, a las cinco en punto de la tarde y sin llanto por Ignacio Sánchez Mejías; un vecino de la finca de enfrente con altavoz mediante, ha invitado a todo el personal a participar en un sorteo en el que el ganador se llevará como premio ser el primero que le arree un buen bofetón a mi vecino de la puerta doce cuando acabe esto del confinamiento. Diez minutos después ya no quedaban boletos. Hoy, el vecindario ya tiene otro motivo para ver luz al final del túnel. Por cierto, ¿en tu comunidad quién es el disc-jockey? ¿Sabes que el pijama hay que echarlo a lavar cada equis días y que equis no son dos semanas?