Un albino, una pelirroja y una cuenta corriente
Mi vecino de la puerta seis ronda los cuarenta tacos y es un jeta de los pies a la cabeza, aunque él y su madre, opinen lo contrario. Convencido de que los rayos de sol no salen para todos, que todo el monte es orégano y que todos los días son domingo, vive de lunes a viernes entregado y ofrecido en el amor y los fines de semana intenta escudriñar sus huellas allá por donde pisara o pisase. Cantante poliedro de boleros con gallitos mediante, lo mismo se suelta por rumbitas al amanecer, que lanza curvilíneos fados al atardecer, que entona ariscos tangos matutinos a la desesperanza; es un cantante de pésima calidad, aunque él y su madre, opinen lo contrario.
Albino, ojos violáceos, disléxico, metro noventa y tantos de largaria adornada con una talla 54, crucigrama y autodefinido estructura de matón de SPECTRE sin chica Bond, cree, y su madre también, que su fenotipo y genotipo merecen unas cuantas aliteraciones con las que dejar huella en este mundanal ruido. Como es un tipo que da igual importancia a su impronta, a la trascendencia y al ahorro, desde hace cuatro años, nueve meses y un día es dueño de unas cuantas cuentas corrientes en varias sucursales de bancos de semen. Y no ingresa sus poluciones diurnas buscando una contrapartida económica, no; encontrarse con infantes disléxicos y albinos con ojos violáceos en cualquier parque de la ciudad, centro comercial o hamburguesería de euro, es su clímax. Está buscando a su descendencia. Sus hijos no aparecen, y él tan solo quiere un mundo albino, un mundo a su imagen y semejanza.
Cuatro años y unos cuantos días observando las rutinas diarias de su ciudad tras la gafas de Mendel, convertido en un desafortunado coronel que no tiene quien le escriba. No hay albinos, no hay dislexia violácea, no hay infantes gigantescos, no encuentra sus pequeñas fotocopias ni a sus bellos descensos, no hay nada.

Hoy, a las cinco en punto de la tarde, sin té y sin llantos por Sánchez Mejías, la visita rutinaria de lunes y jueves al céntrico parque de la ciudad en el que cientos de niños juegan entre toboganes y arena, se ha convertido en un punto de encuentro de dos almas gemelas y una madre que opina lo contrario. Una pelirroja con ojos violáceos, donante de óvulos de treinta y tantos tacos y con fenotipo de lanzadora de peso del Pacto de Varsovia, no deja títere sin cabeza y otea el horizonte infantil allá y acullá.
Mi vecino, que de lunes a viernes vive ofrecido en el amor y piensa que todos los días son domingo, ha tomado asiento junto a ella y con su gracejo natural le ha arrancado una cita para ese domingo tarde noche. Una pelirroja, un albino, una madre desencantada, Mendel y una furtiva cita con final feliz, o no. Cuando los encuentros furtivos van acompasados de un carácter premeditado y suman necesidad, deseo, diversión y una ardiente dosis de generosidad por intercambiar fluidos, confidencias y trascendencia varias, las historias de amor acaban como tienen que acabar. Hoy, lunes por la mañana, un tipo con millones de espermatozoides ha dejado el fado y los ariscos tangos y se ha lanzado a rumbear por Kiko Veneno, una mancha hay en la sábana caldito de tu cuerpo a una pelirroja donante de óvulos que hasta ayer, no tenía quien le cantara.
Como todo el mundo sabe, los carteros siempre llaman dos veces y los cuentos con final feliz son una especie en extinción, esta mañana, un albino con ojos violáceos, disléxico, con metro noventa y tantos de largaria adornada con talla 54 y una atractiva pelirroja con mirada violácea han recibido una idéntica carta de dos bancos de donación. Lamentamos comunicarle que por errores en los análisis genéticos es usted estéril. Reciba un cordial saludo y que tenga una buena vida. Atentamente, su banco.
Hoy lunes, un tipo albino y una tipa pelirroja han abierto una cuenta conjunta en el banco Santander para comprarse un apartamento en Marina d´Or y dar rienda suelta al amor y lo que la vida les ofrezca. Como no podía ser de otra manera, la madre de él, opina lo contrario. Y lo que te rondaré morena.

