Un coche fúnebre y Los Pajaritos
Mi vecino de la puerta quince enviudó hace seis meses y tres días y anda un tanto desencaminado. Para calmar sus penas, sobrellevar la soledad y conducirse mejor por calle melancolía, se ha agenciado, como quien no quiere la cosa, el coche fúnebre con el que su mujer se despidió del mundanal ruido. Mercedes ranchera color gris marengo con techo panorámico al que la funeraria quería mandar al desguace, eleva-lunas eléctricos, dieciséis válvulas inyección, asientos de piel con calefacción integrada, aire acondicionado, cuadro de mandos acabado en caoba, catorce años de antigüedad y cientos de fiambres a sus espaldas. Mi vecino, que es un sentimental de tomo y lomo y que no pega puntada sin hilo de seda, ha soltado mil quinientos euros a tocateja y se ha llevado de regalo y complemento un depósito cargado de gasoil, un ambientador en forma de pino colgando del retrovisor, un maletero impregnado de olor corona de rosas con el falsario matiz de nunca te olvidaremos, un inconfundible hedor a desinfectante post-mortem y un mercedes ranchera experto en viajes al más allá.
Mi vecino, un amante bandido del realismo literiario, ávido lector de Benito Pérez Galdós y experto en numismática italiana de principios del siglo XX, es un conductor venido a más, seguro de sí mismo y sin necesidades maslowianas de cursitos de crecimiento, de desarrollo personal ni otras monsergas. Es un tipo con las cosas tan claras como tú y como yo. O no. Mi vecino, comprador compulsivo de trajes oscuros con sello El Corte Inglés, con planchado con raya al medio y zapatos castellanos da el pego como maestro de ceremonias en cualquier funeral o de chófer acompañante de despedidas de solteros y solteras. Y su coche también.
Como dicen que la distancia es el olvido y él es más de rumbas que de boleros, ha decidido apostar por los recuerdos, marcarse un homenaje con el espíritu de su difunta y se ha largado a hacer turismo veraniego visitando los lugares emblemáticos en los que vivió su apasionada relación matrimonial y extra. Ha colocado una colchoneta de playa en la parte trasera de su flamante Mercedes funerario y anda de visita turística por Majadahonda, Benidorm y Marina d´Horror. Este verano, te lo puedes encontrar en primera línea de playa con su eterno bañador Turbo, sin mortaja, tarareando Pajaritos de María Jesús y su acordeón o por la noche, con su traje gris marengo, bebiendo un San Francisco, escuchando El muerto vivo del gran Peret o intentando mostrar sus encantos y el asiento trasero de su coche a alguna abuelita desmemoriada. ¿Quién no ha bailado Los Pajaritos? Eterna.

