Unas frases hechas, un hombro tatuado y un Seat 131
Mi vecino de la puerta diez es un friqui amante bandido de las frases hechas, marinero de agua dulce que vino en un barco de nombre extranjero y con pecho tatuado y un hombre anuncio de mensajes subliminales. Un tipo seguro de sí mismo, que se tiene en alta estima, bondadoso ante el espejo, asertivo al cuadrado y extremadamente reacio a mostrar debilidades en las relaciones humanas, aporta a la humanidad vía hombro izquierdo, el bonito lema: “Me importa un comino (un pimiento, un bledo, un pito), tu opinión”. Sí, así, con un par, con paréntesis y todo. Y justo debajo, en letra diminuta, tan ínfima que para poder leerla pagas como peaje aspirar un aroma sobaquero, le acompaña la siguiente frase: “tradúcela al inglés”. Para gran alegría de mis meninges y probablemente para las del resto de la humanidad, el frío invernal mantiene a buen resguardo tamaño mensaje, pero los problemas surgen en los albores del verano, cuando el tipo saca la vena musculitos de gimnasio pata negra con camiseta de tirantes ciclado cien por cien y su hombro va gritando su opinión a diestro y siniestro. Como las desgracias nunca vienen solas y como dice el dicho, a cada cerdo le llega su san Martín, la aparición de los calores ha coincidido con la recepción de un par de hostias bien dadas repartidas por un viandante contrariado. Y es que siempre hay un roto para un descosido.
Legionario en su tierna juventud divino tesoro, madrugador y siamés del azulado amor de madre, mecánico de ventiladores industriales ahora reconvertido en un gris y exitoso contable de una empresa de repuestos de automóviles, mi vecino, es un tipo de más venido a menos; o de menos a más, según se mire. Tristemente casado con María; una chica del barrio que regenta el ultramarinos de la esquina, una tienda que pasó de venderlo todo a proveer al personal de faltas de última hora; cohabitan con la madre de él; una madre benevolente, una suegra desalmada. Y sí, tal y como podrás imaginar, a mi vecino se lo toman como el pito del sereno.
Como en casa pinta poco y fuera de ella dibuja menos, su lugar de desarrollo personal es el trabajo. De ocho a ocho y tiro porque me toca encuentra sus minutos de alegría y de gloria jodiendo al personal y encontrado la paja ajena desde su viga ocular. Como buen tiñosillo, el tipo está en Babia todo el santo día y no da un palo al agua, y es el típico capullo que les ríe las gracias al jefe o le baila el agua al encargado para disimular su mediocridad inoperante. Sus compañeros le adoran y yo también.

Hoy ha salido a la calle con su camiseta de tirantes y más contento que unas pascuas a la caza de un nuevo coche. Le ha llegado la noticia por radio Macuto que el concesionario de la calle veintitrés tiene a la venta una remesa de vehículos de gerencia que buscan dueño a un muy buen precio, vamos, una ganga. Como tiene un coche de ex-lujo heredado de su madre, un Seat 131 Supermirafiori que como su hombro izquierdo pide a gritos un cambio a la de ya, ha pillado la cuenta bancaria de su madre y crecidito de ego y dinero se ha lanzado a la compra de un automóvil familiar. Y es que como dice el dicho, no hay dos sin tres.
Un joven y apuesto comercial vestido con traje azul y corbata roja que cuando habla se va por los cerros de Úbeda, le ha recibido en la puerta, le ha ofrecido un café y se ha marcado una de Cicerone hasta la zona de las gangas de cuatro ruedas. Como mi vecino es un tipo seguro de sí mismo, que se tiene en alta estima, muy bondadoso ante el espejo, asertivo al cuadrado y extremadamente reacio a mostrar debilidades en las relaciones humanas y con el hombro desnudo y tatuado: “Me importa un comino (un pimiento, un bledo, un pito), tu opinión”; el silencioso comercial siguiendo la máxima la ocasión la pintan calva, le ha ofrecido el peor coche que tenían en stock. Un tatuaje en su tobillo izquierdo sobresale de un desgastado calcetín y deja entrever la frase: “Vendo gato por liebre”, y justo debajo, en letra diminuta, “tradúcelo al inglés”.
Hoy, por las calles de la ciudad, hay un conductor tatuado venido a menos con un coche que está de más; un apuesto comercial que ha sacado una buena tajada a un hombro tatuado y una mujer desalmada y una madre benevolente que esta noche van a montar un buen pollo al del pito del sereno. Y es que como cantaba Mecano, la opinión de los demás, está de más. O no.

