Mi vecino de la puerta cuatro es un tipo dicotómico, amante de los extremos y que se maneja por la vida a cero o a cien. Vamos, lo que se llama un binario de toda la vida.

Pintor de blancos y negros, forofo del bien o del mal, fanfarrón con lengua viperina y con un adn psicológico repleto de testosterona y caspa, afronta el día y la noche (sus tardes no existen) con certezas absolutas y con discusiones en las que solo hay ganadores o perdedores. Ex-jugador de quinielas de fútbol con equis inexistentes, verborreico manoseador de los nunca y de los siempre y fugaz títere del todo y de la nada, juega con su vida y con su muerte cada vez que monta en cólera o se monta en el coche, y que más da, si tanto monta como monta tanto. O va a cero o se pone a cien, o enchufa las largas o lleva las luces apagadas; llevar puestas las cortas lo ve signo de ordinariez, de mal gusto y de llevar la contraria a su modelo de vida. Y es que el tipo tiene tanto de congruente como gilipollas.

Cada mañana a las ocho en punto (en su reloj solo existen las primeras y las últimas horas), se pone más chulo que un ocho cuando saca a pasear su enorme frontispicio y su oronda barriga por la zona comercial del centro de la ciudad, un lugar venido a menos en el que el personal entra o sale, un lugar en el que nadie se queda. Un barrio en el que todo el mundo vive y la nada se desconoce, un espacio en el que el drama es el pan de cada día y la comedia se viste de largo por la noche.

Hoy mi vecino de la puerta cuatro anda mosqueado con el ayuntamiento porque han ordenado cambiar el nombre de su calle. Hoy dos amables operarios han colocado un nuevo cartel en el callejero de la ciudad. Hoy, mi vecino, se ha tirado al alcohol por la calle de En medio.