Una maleta, un ascensor, el todo y la nada.
Mi vecino de la puerta doce se largó de casa hace unas semanas buscando otras aventuras y hoy, ha tenido a bien, o a mal, regresar a casa. No dejó nota de despedida, ni dinero en la cuenta, ni explicación alguna, ni tan solo un escrito con un triste y falsario adiós. Ella, que se quedó con un corazón roto y una ausencia en la cama, le tocó compartir mantel con una mesa que cojeaba y una nevera medio llena o tal vez medio vacía. Una vida a plazos, un revés de campeonato, un descenso al averno, un remolino de emociones, un huracán de ira, un vendaval de culpa. Aires de tristeza y de depresión esperaron varias mañanas en el alféizar de su ventana. Ella, que se quedó sin el todo, tuvo que aprender a sobrevivir con la nada.
Hoy, mi vecino de la puerta doce ha regresado con una maleta a cuestas. Ha abierto la puerta del patio, ha lanzado al aire un educado buenos días y ha tomado el camino a casa. El ascensor no le invitaba a acicalarse pese al lento camino hacia las alturas. Un enmohecido espejo que brillaba por su ausencia, unos engranajes que pedían a gritos unos brochazos de grasa y unos cables de acero que ese día pendían de un hilo. Quinto piso, puerta doce, un llavero en la mano, una maleta, un regreso y mil dudas. Una semana de distancia, dos proyectos, cien llamadas sin respuesta, trescientos whatsApps, dos conversaciones paralelas, una charla perpendicular y un oblicuo silencio. Primer piso. Último acicalado, búsqueda de una llave y unas sombras en la escalera.
Un recuerdo inacabado, reproches, un desamor y un viaje a ninguna parte con un billete de vuelta. Un tropiezo, un virus sin vacuna, un océano de dudas, un misil en el blanco, un baño sin espuma, un ascensor escacharrado que le hacía caer de nuevo en las alturas. Segundo piso. Dos llaves en la mano, indecisión, un temblor de manos y oscuridad en la escalera.
Un billete de veinte euros, una tarjeta de embarque, un librillo de papel de fumar, unos restos de marihuana en el bolsillo, una papelina de coca y un aeropuerto. Una lágrima, unos títulos de crédito, dos funciones, unos días de película, vino y rosas y varios escarceos. Cómplices miradas sin luz, una cámara, acción, una mentira y dos fantasías que buscaban un sueño. Tercer piso. Una llave roja en la mano, un estómago vacío, silencio y un escalofrío. No hay luz en la escalera.
Un taxista, una dirección, una bandera bajada, un regreso acomplejado y varias cuentas pendientes. Experiencias, distancias, insatisfacción, una llave, una cerradura, una puerta blindada, ese día tal vez, acorazada. Indecisión, dudas, reflexión, temor y un fracaso con intereses fuera de plazo. Cuarto piso. La hora de la comida. Una llave roja cae al suelo. Aromas, ruido, una radio encendida a toda pastilla que transmite las noticias, una arcada, silencio se rueda, no hay luz en la escalera.
Un corazón que arde, un nudo corredizo jugueteando por la garganta, una opresión en el pecho, un pinchazo y una boca reseca. Sin comité de bienvenida, sin canciones compartidas, no hay guirnaldas en la puerta, ni carteles de colores, ni globos, lo que era todo, hoy es nada. Quinto piso. Última parada, una puerta gigantesca en lucha contra un brazo alicaído, una fría llave entre los dedos. Una mano temblorosa, un quejido, un latido y un litro de sudor frío.
Un interruptor, una tenue luz, un largo pasillo, una maleta con ruedas y varias puertas. Ocho silenciosos pasos, una eternidad, un pasado, un forzado presente y un incierto futuro. Un felpudo con un adiós donde ponía bienvenidos, un pomo de latón ennegrecido, una mirilla y una cerradura cambiante. Una llave roja que no encaja, un paño que ya no acepta dientes antiguos, una mirada de incredulidad, una mueca, un soplido, una despedida y un ojo tras la mirilla sosteniendo una sonrisa y reteniendo dos lágrimas.
Mi vecino de la puerta doce se ha tenido que largar de nuevo en busca de una nueva aventura. En la que fue su casa han cambiado algunas cosas; una nueva cerradura, un felpudo en el que hay escrito un adiós, un buzón con tan solo un nombre y en su interior otras cartas, distintas voces. Ella, que tenía un corazón roto, que se quedó con una cama con ausencias, con una nevera medio llena o tal vez medio vacía, solo tuvo que abrir los ojos. Ella, que pensó que se quedaba sin el todo y que tuvo que aprender a sobrevivir con la nada, ya no admite devoluciones. Ella, hoy no abre su puerta, ni mañana tampoco. Hoy, ella lo es todo, y él, tan solo es un recuerdo, una imagen, es humo, es vapor, es nada.

