Los opuestos se atraen, tu media naranja y Jose Luis Perales
No sé quien fue el máquina que ideó aquello de que los polos opuestos se atraen. Probablemente fue una persona con muchos conocimientos en física y química y escaso saber en biología y psicología. Tampoco sé quien fue el fenómeno que ideó lo de la media naranja y la felicidad marital si encuentras a tu otra mitad. Seguramente fue un experto en cítricos y en signos del zodiaco y un auténtico ganapan en amores reales, o eso creo. Como soy un tipo al que le interesa el mundo de las parejas y que tiene necesidad de comprobar con pruebas de realidad las cosas que escucha y que le cuentan, he tomado a mi comunidad de vecinos como muestra para desmontar, o no, la idea de si los opuestos se atraen y si los extremos se necesitan.

El tipo que vive en la puerta uno, un orondo leguleyo de edad avanzada amante de causas perdidas y de juzgados nocturnos, convive desde hace catorce años y un día con un sensato complejo de inferioridad y lo que te rondaré morena. Como las desgracias nunca vienen solas, está casado desde hace quince años con una narcisista histriónica locamente enamorada de sí misma. Ella trabaja como directiva en una multinacional española de moda y vive rodeada de ojales, cremalleras, telas y gente a la que joder un día cualquiera sin saber que hora es. Mientras él pleitea en sus causas perdidas, ella anima el cotarro de las tristes y perdidas colas del Inem. Un picapleitos con traje gris agarrado a un agujereado flotador que hace aguas por todos lados. Y se necesitan, se soportan, se quieren, discuten, y lo mismo se echan de menos que lo mismo se echan de más. O eso parece. Dicen que los opuestos se atraen y los extremos se necesitan, pero yo creía que no. Trastornos que compensan.
En el piso contiguo, en la puerta dos, convive una pareja un tanto peculiar. Un seguidor del Real Madrid, amante de Federico García Lorca, forofo de Tip y Coll y de Curro Romero y que cuando anda perdido callejeando por la ciudad tararea por lo bajini y medio avergonzado emblemáticas canciones de Jose Luis Perales. Casi todos los temas se las sabe de pe a pa pero no quiere dar la nota en público. Su marido, un psiquiatra extremeño de pura cepa adicto a las benzodiacepinas, es un vegetariano convencido amante bandido del jamón pata negra y de las aceitunas rellenas de anchoa. Es socio del Barcelona, animalista y ferviente católico de misa dominical. Lo mismo se hace cruces antes de compartir fluidos y cama con su marido que se pone a cantar por celestiales los goles de la Pulga en el Nou Camp. Y se necesitan, se soportan, se quieren, discuten, y lo mismo se echan de menos que lo mismo se echan de más. O eso parece. Dicen que los opuestos se atraen y los extremos se necesitan, pero yo creía que no. Fútbol es fútbol y Tip y Coll.

Segundo piso, puerta tres. Un maestro de primaria de un colegio concertado adicto a la televisión y seguidor infatigable de los programas Cámbiame y El Chiringuito. Sus inteligentes alumnos lo adoran porque está al día de las cosas importantes y es muy benevolente con las faltas de ortografía y con las ausencias, especialmente con las suyas. Acude al gimnasio los martes y los jueves a practicar spinning y Pilates, un bálsamo para su espalda y para su vista. Un tipo solitario, avinagrado, con escasos resortes sociales y con dificultades para darse algún capricho terrenal con una nómina que estira como un chicle hasta final de mes. Su pareja es auxiliar de farmacia en paro, experta en nolotiles, apiretales, dalsis y madre de un hijo de dos años. Devoradora de libros, fan de Mario Benedetti y escritora de un libro recién salido del horno con mucha ficción para poder superar su realidad, que se está vendiendo la mar de bien. Odia ver la televisión, detesta la mediocridad y le encanta conversar y filosofar. Llevan seis años y un día juntos y parece que fue ayer. Y se necesitan, se soportan, se quieren, discuten, y lo mismo se echan de menos que lo mismo se echan de más. O eso parece. Dicen que los opuestos se atraen y los extremos se necesitan, pero yo creía que no. No es oro todo lo que reluce.
La puerta cuatro está vacía desde hace poco más de cuatro meses. La familia que vivía allí no tenía dinero para pagar la hipoteca, la luz, el gas y llegaban justos, muy justos a final de mes para poder comer. Él era un tipo cordial y educado, de esos que te esperan con la puerta abierta del patio aunque estés a diez metros de distancia y de los que se ofrecen de ayuda para llevarte las bolsas de la compra o el carrito del niño. Una buena persona y ella no le andaba a la zaga; si él era dos, ella sumaba cuatro. Dos cincuentones diseñadores de una empresa puntera con dos hijos a su cargo que se fueron a la calle hace cuatro años y se encontraron con la nada. Como la justicia es implacable para unos y no para Otros y cuanta razón tenía el maestro Quevedo con su poderoso caballero es don dinero, la familia entera fue desahuciada hace cuatro meses a requerimiento de un simpático banco con paraíso fiscal mediante. Y se necesitaban, se soportaban, se querían, discutían, y lo mismo se echaban de menos que lo mismo se echaban de más. Dicen que los opuestos se atraen y los extremos se necesitan, pero yo creía que no. La avaricia Vs. la generosidad.

El tercer piso es el más animado de la finca. Los de la puerta cinco y seis se llevan como el perro y el gato pero tienen varios negocios juntos. Uno es un cantante de orquesta venido a menos que deleita a su público en los karaokes del centro de la ciudad y el otro es un experto en artes marciales que canta por lo bajini a Jose Luis Perales pero que no se entere nadie por favor. La puerta cinco monta los miércoles y jueves clandestinas partidas de bingo para los jubilados de la zona y de los barrios de alrededor (las noticias corren como la pólvora). Como la pela es la pela, todo el que entra en su casa paga un canon a tocateja. Los viernes y los sábados por la noche es el turno de la puerta seis, y aquí la pela es la pela, faltaría más. Timbas de póquer, alcohol, tabaco y coca corren por los pasillos de casa y por los cuartos a media luz. El personal se juega la pasta propia y ajena y la banca siempre gana. Y es que estos dos vecinos son muy listos. Los domingos se toman el día de descanso y se van de viaje con distintos coches pero con el mismo destino, Andorra. Comparten fajos de billetes, kilos de mentiras y un lema: “reparte la pasta que esta gente es gilipollas”. Llevan dando la brasa desde hace mucho tiempo, montan escándalos que impiden descansar y dormir al personal y son ya un monotema en el barrio y en los alrededores (las noticias corren como la pólvora). El resto del vecindario está harto, no aguanta más y les molaría escuchar otras melodías que no fueran los ladridos del tinglado que tienen montado. Tienen untado al administrador de la finca, al de la puerta cuatro y al propietario de los bajos. Son mayoría en las juntas extraordinarias y poco o nada se puede hacer. Y se necesitan, se soportan, se quieren, discuten, y lo mismo se echan de menos que lo mismo se echan de más. O eso parece. Dicen que los opuestos se atraen y los extremos se necesitan, pero yo creía que no. Los trileros son unos héroes.

En el ático vive un tipo hastiado, muy enfadado y que está perdiendo a pasos agigantados la sonrisa. Como es un tipo preocupado por su salud mental ha dejado de leer la prensa y de ver la televisión; no quiere estar al cabo de la calle, no quiere monotema. Se ha prohibido ver los telediarios y escuchar tertulias políticas, económicas o deportivas, no quiere monotema. Lo que para él es importante ha perdido relevancia en los medios. No sintoniza la radio, practica la autocensura, le desagradan los contertulios que dan lecciones magistrales. Prefiere no estar al cabo de la calle, no quiere monotema. Hoy es domingo y esta noche, como todas las anteriores, ha vuelto a no pegar ojo. Las partidas de póquer, las apuestas, el alcohol y el dinero se han alargado hasta la madrugada. A las ocho de la mañana le han despertado los gritos de los vecinos de la puerta cinco y de la puerta seis. Dos tipos discutiendo sobre las ganancias de la semana y el reparto de los dividendos. Unos minutos después han tocado en su puerta. Dos vecinos con un billete de quinientos en una mano y una maleta en la otra esperando impacientes su destino, Andorra.
– ¿Tiene usted cambio?
Se ha acordado de la familia desahuciada de la puerta cuatro, de algunos recortes y de muchos mangantes. Años dando la brasa con el monotema y lo que te rondaré morena presentes en la puerta de su casa. Un portazo en las narices y el hastag #MeTeneisHastaLosCojones ha sido su escueta y educada respuesta.
Y sí, se necesitan, se soportan, se quieren, discuten, y lo mismo se echan de menos que lo mismo se echan de más. O eso parece. Dicen que los opuestos se atraen y que los extremos se necesitan, y yo pensaba que estaba equivocado. Hay cosas que son más sencillas de entender de lo que parece y un hastag puede decir más que un relato entero.

