Mi vecino ventrículo que vive en la puerta cuatro, es un tipo de lo más normal. Como se gana la vida usando una parte de su cerebro, ha dejado de fumar, cuida con esmero su alimentación, no sale por las noches y nada más levantarse hace gárgaras de agua con sal y se desayuna un zumo de limón con una cucharadita de miel. Como es un tipo puntual, cumplidor y gusta de mantener a sus muñecos bien contentos y unidos, siempre que va a trabajar no escoge el camino más corto, da un rodeo de veinte minutos para pasar por delante de una casa de muñecas de porcelana que hay en el centro de la ciudad. Un pequeño premio para sus dos acompañantes que babean al pasar por delante de la tienda y que no escatiman piropos dirigidos a las dos muñequitas vestidas con traje de novia que hay en el escaparate. Cuatro miradas frías y dos sueños de ida esperando dos billetes de vuelta.
La llegada al trabajo es de lo más normal, fichan los tres aunque cobra uno. Como trabajan en el punto de acabado de la carnicería de Mercadona y la compañía de Juan Roig es muy escrupulosa en el cumplimiento de las normas de higiene y seguridad, los tres se colocan un gorrito en la cabeza, unos guantes, el uniforme de la empresa y se visten con una sonrisa emprendedora. Calzado de seguridad, cuidado y control del genero, máxima limpieza, afilado de cuchillos y de hachas, esfuerzo y máxima atención al cliente, son frases incrustadas en el libro de estilo del punto de corte.
Como a la gente le gusta sonreír cuando compra unos filetes de ternera y la buena clientela adora que les cuenten alguna anécdota divertida mientras les trocean el pollo y el conejo para la paella del domingo, mi vecino y sus muñecos son un filón para Mercadona. Antes de que el supermercado abra sus puertas ya hay una multitud esperando para hacer su compra. Y todo el mundo quiere carne. Hay catorce vegetarianos que se han reconvertido y un vegano que se lo está pensando y que está a punto de renegar de su filosofía de vida. Y es que el humor y el amor, además de mover montañas, mueve principios. Mi vecino está hecho un artista, si uno de los muñecos hace trucos de magia y da palique a los que llevan el número 54 y 55, el otro atiende diligentemente a la que tiene el número 53. Como los muñecos están hartos de revistas de corazón, de psicoanalistas y de que les digan que tienen que reprimir impulsos, lo mismo se ponen a preguntar a la clientela sobre sus hijos adolescentes, que les da por repartir consejos matrimoniales de todo a cien a todo aquél que lleva anillo de casado. Mientras uno afila los cuchillos, el otro corta un poco de lomo. Si un cliente tiene problemas de peso, le aconsejan carne baja en grasa y que haga algo de deporte. Si observan que una persona está un poco triste, igual le recomiendan que se separe de su pareja, que salga del armario o que se haga una analítica para controlar el colesterol. Si un cliente tiene problemas de incontinencia verbal y hay mucha cola, le piden que se pase al pescado y a la verdura o se ponen a cantarle por soleares el último hit de Luis Fonsi. No dejan títere con cabeza.
Hoy ha sido su primer día de trabajo después de unas merecidas vacaciones. Como Mercadona cuida mucho a sus trabajadores para dar lo mejor a su clientela y su dueño, Juan Roig, opina que hay que trabajar como chinos para seguir viviendo como españoles, los dos muñecos y mi vecino han salido del curro un poco estreñidos pero la mar de contentos.
Como ha sido un buen día, al finalizar la jornada laboral se han ido a la casa de muñecas de porcelana del centro de la ciudad. Mi vecino, haciendo alarde de una generosidad inaudita ha comprado las dos muñecas vestidas de novia del escaparate. Esa noche se han ido a cenar los cinco a un restaurante chino del centro de la ciudad especializado en pato a la pekinesa y cerdo agridulce. Esa noche a más de uno le va a costar dormir. Que viva la cultura del esfuerzo. ¿Trabajar como chinos para vivir como españoles? Pues eso.