Esta mañana he ido al bar de la esquina a meterme entre pecho y espalda un bocata de calamares, una cerveza y un carajillo de ron negrita del tiempo. Como estamos en agosto y hay gente a la que le gusta descansar, me he encontrado el bar cerrado a cal y canto. En la persiana, había pegado un cartel en el que escrito a mano y sin faltas de ortografía se exponía lo siguiente: “Habiendo ganado lo suficiente, el camarero se ha ido a la playa“. Como soy un declarado seguidor de los presocráticos y tengo una especial debilidad por Parmenides, nada más ver el cartelito me ha venido la idea del Conocimiento, del Ser y el clásico Lo que es, es y Lo que no es, no es. Vamos, lo que viene siendo toda la vida, al pan, pan y al vino, vino. Como soy un tipo algo mezquino, amante de las rutinas y repleto de contradicciones, le he empezado a dar vueltas al mensajito de marras y me ha surgido una profunda desazón; bueno, seré sincero, he sentido una profunda envidia, mucho dolor y toneladas de rabia, no voy a negarlo. Lo que me fastidia que un camarero sea capaz de llegar a tan profunda reflexión y lo peor de todo, que el camata me haya fastidiado el almuerzo, mi almuerzo. “Habiendo ganado lo suficiente, el camarero se ha ido a la playa”. Como soy un tipo al que le gusta cuidar el medio ambiente, que gestiona muy bien las emociones y que valora mucho el anonimato, he aprovechado el momento en el que no había moros en la costa para coger la nota, romperla en mil pedazos y tirarla al contenedor de reciclaje.
Como la filosofía no está reñida con la gastronomía y el arte de reflexionar no me quita el hambre, he buscado otro bar en el que tomarme la cerveza, comerme el bocata de calamares y de paso, olvidar la afrenta del camarero. Después de caminar durante cuarenta minutos y no encontrar un local abierto en todo el barrio, cansado, hambriento y de mal humor, he vuelto a casa.
Como se había hecho un poco tarde y casi era la hora de comer, he optado por perdonar el almuerzo y me he puesto en modo aperitivo. Una cerveza, unas papas y una lata de mejillones. Me he sentado en el sofá, he sintonizado telecinco, me he puesto el programa Hombres, Mujeres y Viceversa y he comprobado que en el móvil tenía un whatsApp con una imagen para descargar. Una selfie del camarero en un chiringuito de playa con un bocata de calamares y en primer plano, un puño cerrado y levantado, su dedo corazón. Y sí, donde las dan, las toman. Por cierto ¿habéis visto Hombres, Mujeres y Viceversa? Tremendo.

Este relato es el último de una trilogía que he escrito este mes de agosto. El primero Grupos de WhatsApp y un bocadillo de atún y el segundo Un profesional como la copa de un pino