Incongruencia, perfección y gilipollez
Juan es callista, bético, vegano, padece de halitosis y de vez en cuando y a escondidas, come jamón con melón. Ambivalencia y silencio. María, guitarrista dominguera, soltera y neocatecumenal, arde en deseos por tener una cita silenciosa con el vecino de la puerta cuatro, casado y con familia numerosa. Incongruencia y discreción. Manolo, artista plástico, ecologista, vegetariano y con alergia al gluten, se declara adicto al ibuprofeno en sobres, con sobredosis todos los fines de semana y fiestas de guardar debido a la cantidad de alpiste que se mete en el cuerpo. Le encantan los toros, pero nadie lo sabe. Calma y paradoja. Carla, surfera, amante del reggae, de la marihuana, de la lentitud y de las buenas conversaciones, no se pierde un festival en verano y a solas canta canciones de Los Chichos. Nadie sabe lo suyo. Paco, tatuado hasta el infinito y más allá, de gimnasio diario, cuerpo ciclado, pastillero, macarra, con una capacidad intelectual cuanto menos dudosa, todas las tardes y justo a la hora de la siesta se da un paseito con su flamante coche con cristales tintados, con reguetón a todo volumen y despertando al personal. Ruido, mucho ruido. Moraleja. La perfección no existe, de hecho, intentar ser perfecto es agotador, causa ansiedad y frustración. Ahora bien, ser un perfecto gilipollas es muy fácil. Ventanillas bajadas, bisturí y algo de plástico en el cuerpo, decenas de horas de gimnasio, un cuerpo ciclado, coca, reguetón de fondo, tatuajes y calor. Miedo me da cuando lleguen las verbenas de verano y las discomóviles con sus gramos de caspa. Y ya están aquí.

