Realidad y ficción II
Escondido tras el amarillento y roído trapo que tapaba el ennegrecido ventanal, no quitaba ojo a la señora que cada tarde se presentaba en el portal de su casa. -Ahí está esa loca de nuevo. Todas las putas tardes la tengo aquí, de cuerpo presente, vestida como una mona y maquillada como una choni. Con sus setenta y pico tacos esa vieja arrugada parece una cacatúa ¿no tendrá un marido que le diga algo sobre su vestimenta? Pero ahora que pienso ¿quién se iba a casar con esa pellejo? Y mira, no sé yo qué se habrá creído; no llama al timbre, cotillea mi jardín como si fuera un parque público y se cree que es la dueña de esta casa. Está loca de atar; su delirio hace que llame más de una noche a Domino´s Pizza y al cabo de media hora el mismo motorista de siempre viene con su pedido de pizza hawaiana, sus alitas con salsa barbacoa y una cervecita. Y la muy tacaña no deja un puto céntimo de propina. El pizzero pensará que en esta casa somos unos agarrados, vaya fama, pero joder, si el dueño soy yo. Si es que lo tiene todo la muy bruja, es un suma y sigue. Sin ir más lejos, los jueves a las 20.30h. la trae siempre el mismo taxista hasta la puerta de mi casa. Tras pagar el servicio se baja con las llaves en la mano haciendo el amago de abrir el portal y tras comprobar que el taxi toma el camino de vuelta y ya no la puede ver, se pira a su puta casa caminando. Estafadora y mala actriz ¿Pero por qué lo hará? Claro, se trata de una mujer y tú ya sabes como se las gasta el sexo femenino. ¿Y dónde vivirá? Seguro que viene del barrio de Miradores, ese lugar en mitad de ninguna parte plagado de carteristas, trileros y buscavidas. Voy a seguirla.
El camino que tantas veces había recorrido para salir de casa era un perfecto desconocido. Tres secas acacias, seis plataneros a punto de doblarse, los restos de un rosal del que solo quedaban unas cuantas espinas y un viejo limonero junto a la puerta. A la derecha del sendero quedaban los restos de un estanque. Cien ranas hacían peleas de gallos con cuatro chicharras que pululaban por el antiguo jardín. El silencio no implantó su reino.
Un espejo hecho añicos colgando en una pared ennegrecida le servía de brújula imantada. Un tipo mediano, bigotudo, de unos setenta años, con poco pelo y con una blanda y plegada barriga, buscaba con escasa parsimonia algo de ropa que ponerse. Quince meses y tres días después del fallecimiento de su mujer iba a salir a la calle. Una vieja cotilla vestida como una mona, maquillada como una choni y que usurpaba su identidad, fueron motivo para romper su aislamiento.
Casi ni recordaba el armario en el que guardaba la ropa de calle. Una americana, una camisa blanca, un pantalón de chandal y unos zapatos negros fueron su elección. Su actitud pudo más que su memoria. La anónima vieja y un largo y sorprendente camino le esperaban.

