La ira, un cerebro tocado y un bocinazo
Todos tenemos un cerebro primitivo (el sistema límbico) que se encarga de los impulsos, de los deseos y de las necesidades más primarias que nos juega en ocasiones muy malas pasadas. Emociones como la ira, la tristeza, el miedo, la ansiedad y los deseos sexuales tienen su origen en esa zona. Por fortuna, la evolución nos ha echado una mano (no a todos) y nos ha instalado de serie otro cerebro más moderno, más racional. Este cerebro racional es el filtro que nos ayuda a tomar las decisiones acertadas, nos ayuda a planificar y a valorar las diferentes opciones y permite darnos pausas y ejercitar el autocontrol antes de meter la pata. El cerebro racional (la corteza prefrontal) es una excelente guía y una buena brújula de nuestro cerebro emocional.
Habrás escuchado en más de una ocasión (forma parte de nuestro imaginario colectivo) que cuando estamos presos de la ira es mejor gritar o golpear un saco de boxeo o la almohada para reducir nuestro malestar. ¿Pero es verdad? No, y te lo explico a continuación con ayuda de este estudio de Brad Bushman “Does Venting Anger Feed or Extinguish the Flame? Catharsis, Rumination, Distraction, Anger, and Aggressive Responding”, publicado en 2002 en Personality and Social Psychology Bulletin.

Se pide a 600 estudiantes que escriban una redacción en la que tienen que dar sus opiniones sobre un tema tan controvertido como el aborto. Una vez acabados sus trabajos, los responsables de la investigación les comentan que van a ser corregidos por otros estudiantes. “¿Será de los míos? ¿Pensará igual que yo? ¿Me suspenderán? ¿Les gustará mi opinión?” Los investigadores fueron los que valoraron todos los trabajos y sin excepción alguna, les pusieron una nota muy negativa, un rosco, vaya. Además, todos los trabajos llevaban de regalo un comentario manuscrito del tipo: “Es una de las peores redacciones que he leído”, “te has lucido, vaya desastre”, “Te mereces un cero, menuda redacción” entre otras lindezas.
Tras entregar las notas de los exámenes con, a un grupo de estudiantes le presentan la siguiente opción: aquí tienes la foto del (supuesto) estudiante que te ha suspendido y que te ha dejado la bonita nota. Toma estos guantes de boxeo y un saco de boxeo de treinta kilos, entra en esta sala, piensa en esta persona y desahógate. Al otro grupo de estudiantes les presentan otra opción: aquí tienes la foto del que te ha suspendido, entra en esta sala y mantente sentado y en silencio durante dos minutos. En este caso, no hay guantes de boxeo ni saco para desahogarse.
Tras pasar el bonito trámite (unos boxeando y otros pensando), se anima a los estudiantes a hacer unos juegos de cartas y de sobremesa en pareja. A los ganadores de cada juego se les da la oportunidad de hacer sonar una bocina justo en la cara del perdedor y su sonido podía ser todo lo estridente y duradero según decidiera el ganador. Los estudiantes que tuvieron la oportunidad de desahogar sus penas y su rabia con un saco de boxear, se sintieron más agresivos y tocaron la bocina durante más tiempo y más fuerte en la cara del compañero que había perdido. Hubo diferencias significativas en los estados de ánimo de los dos grupos y en los comportamientos. Manifestar la ira con golpes y gritos no ayuda a disminuir la ira, todo lo contrario, la aumenta. Y lo mismo podríamos decir de nuestras maneras de comportarnos cuando nos subimos en el coche, espacio en el que perdemos el norte y en el que personas que tienen un comportamiento intachable en su vida diaria, se transforman en Mr. Hyde al minuto de subirse en un coche.
Te dejo unas sugerencias que pueden ayudarte para manejar situaciones de malestar y no perder los papeles
Intenta respirar más despacio (sería la bomba si pudieras hacer este ejercicio unos veinte minutos cada día). La idea es que hagas entre cuatro y cinco respiraciones por minuto. Para conseguirlo, puedes coger un cronómetro y comprobar que cada una de las respiraciones dura entre doce y quince segundos aproximadamente. ¿Para qué sirve respirar así? A ver artista, sin respiración la palmamos, pero respirar más lentamente hace que se active la corteza prefrontal por lo que favorecemos el autocontrol y nos volvemos más invulnerables al estrés. Cuando la amígdala se activa con sangre y oxígeno, la corteza prefrontal está menos activa. ¿Y qué pasa? Que nuestras capacidades cognitivas para solucionar problemas y afrontar un conflicto de buenas maneras se quedan tocados. De hecho, David Lieberman comenta que este efecto es similar a perder entre diez y quince puntos de cociente intelectual de forma temporal. Así que si te quitan eso de tu escaso CI, pues blanco y en botella. ¿Cómo es posible que pareciera tan tonto ese día?- Centrarse demasiado en la ofensa y en la expresión de la ira provoca enfermedades cardiovasculares y más enfado. Los más iracundos sufren aproximadamente cinco vences más cardiopatía que quienes lo son menos. Las personas con las voces más explosivas, los que más se irritan cuando tienen que esperar y los que muestran el enfado de forma más visible tienen mayor riesgo de infartos.
- ¿Y qué pasa al volante? ¿Nos transformamos al conducir un coche de tropecientos caballos? ¿Los conductores que personalizan sus coches poniendo pegatinas en el parachoques o ventanillas son más proclives a la conducción peligrosa? Parece ser que sí. Estos tipos podrían enviar potentes señales de territorialidad y los resultados del estudio de William Szlemko desvelaron que los conductores con más pegatinas reconocían conducir con mas agresividad y tenían mas tendencia a pegarse al coche de delante y a embestirlo. Así que, mejor será dejar algo de espacio si tienes delante un coche negro plagado de pegatinas y si lo ves por el retrovisor, una buena formula es poner el intermitente de la derecha y cederle el paso.
- Baja el volumen de tu voz. Cuando gritamos, al igual que ocurre cuando reaccionamos golpeando un saco de boxeo, el cuerpo se sobreexcita, se acelera y pone en guardia. Sales al cuadrilátero buscando un púgil en el que soltar unos mandobles reales o imaginarios.
Si alguien actúa de manera desagradable intenta devolverle una contestación afable. La amabilidad como respuesta a una ofensa reduce la ira, o por lo menos la tuya, igual el otro se pone de los nervios. Háblate con palabras o expresiones que te ayuden a estar más calmado al estilo: venga, estoy exagerando, relax, tranqui, seguro que no es para tanto, date permiso para estar de mal humor pero intenta reducir.- Piensa en alguien de tu entorno que te gusta cómo actúa cuando se enfrenta ante las situaciones de conflicto, y proponte imitarlo. ¿Qué haría esa persona para no perder los papeles ante esta situación? Si él o ella puede, tú también. Hazte un copia y pega de los buenos modales y ponte en marcha.
- Desdramatiza y quita importancia a todas esas cosas que hacen que te exaltes. Recuerda que hemos venido a esta vida a disfrutar, y sobre todo, que estamos de paso.
- Plantéate qué pueden pensar de ti los demás y qué imagen das cuando pierdes el control: inestable, impulsivo, depresivo, poco de fiar, agresivo… ¿Te gusta? No mola ¿verdad?
- Rellena tu vida de vivencias divertidas, amigos, actividades, deportes. A más experiencias, menos tensiones, más motivos para reír y menos razones para perder el control.
- Exprésate. Cuando haya cosas que no te gusten, esfuérzate y hazlas saber a los demás. Callarse y acumular motivos hace que al final lo pague quien menos culpa tiene. El cerebro es como el tubito de pinturas o témperas, que si aprietas y aprietas y no abres la rosca, al final puede romperse y manchar o salpicar el entorno. Cuando te encuentres con algo no te guste, mejor no lo escondas, no lo reprimas. Apuesta por hacerlo saber e intenta pelear por lo que consideras que son tus derechos y por supuesto, lucha por tus sueños y objetivos vitales. No toleres que te pisoteen, no eres el felpudo de nadie.
- Si tienes un hijo que te pone de los nervios y que saca lo peor de ti (los adolescentes son especialistas en este tema), piensa que los animales domésticos o en los niños manda el sistema límbico (el cerebro primitivo) y nosotros, los adultos, somos su guía, su corteza prefrontal. Sí, nos toca aportar paciencia y tenemos que hacer un esfuerzo para ayudar a quienes no la tienen o aún están por desarrollar su cerebro racional, su centro de autocontrol. Sí, es difícil mantener la calma, pero el esfuerzo vale la pena.
- Perdona tus errores. Equivocarse es inevitable y es humano, pero echar la culpa a los demás de los errores cometidos es más humano todavía. Responsabilízate de lo que te toca y de lo que depende de ti e intenta pasar página perdonándote. Recuerda que quedarse enganchado al error y a la culpa disminuye tu motivación, aumenta la sensación de fracaso y te aleja de tus objetivos vitales. Por cierto, cambia de tu sesera la culpa por responsabilidad, te será más útil y constructivo; la culpa atasca y resta, la responsabilidad suma y anima a cambiar. Lo que te moleste y te desagrade, y lo que consideres injusto socialmente, pelea por cambiarlo; en ocasiones la ira es adecuada para conseguir ciertos cambios sociales.

