Como seres sociales nos resulta imprescindible y necesario contar con vínculos afectivos con los demás, y esto se ve reflejado en la búsqueda constante de la cercanía y proximidad con los otros. Conectar, compartir, e intercambiar experiencias con los demás, nos ayuda a establecer una base segura y fuerte para enfrentarnos a entornos desconocidos, afrontar los retos mayúsculos que nos propone la vida y a su vez, recurrir a nuestros semejantes cuando se nos presentan momentos de peligro o  de incertidumbre. Esta necesidad de tener a alguien que nos haga el camino más fácil, librándonos de cometer errores y al que recurrir en momentos de debilidad y de miedo, puede tener un lado oscuro, su parte negativa. Y de este punto negativo, trata el artículo que te exponemos a continuación.

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El instinto social de los hombres no se basa en el amor en la sociedad, sino en el miedo a la soledad.”  Arthur Schopenhauer,

De esta cita podemos extraer los valores que gobiernan nuestra sociedad y como éstos, influyen en nuestra forma de relacionarnos afectivamente con los demás. Se resaltan los valores de unión y filiación sobre los de autonomía e individualidad, y se considera que es necesario  para ser feliz y tener una vida plena: enamorarse, encontrar a una pareja o formar una familia, y si no cumples con esto, bienvenido al club de los infelices, de los raritos o de los fracasados, y ya sabes las connotaciones de pertenecer a un grupo minoritario. Esto hace que muchas personas toleren o aguanten cualquier comportamiento por la connotación social negativa de estar solo.

Todo lo anterior ofrece un panorama (muy poco) alentador para la temática que vamos a tratar: La Dependencia Emocional.

La dependencia emocional es un patrón relacional en el cual la persona solo concibe la vida en una relación amorosa, donde el otro es la fuente de satisfacción de todas sus necesidades emocionales insatisfechas. No obstante esto, así como ocurre con otros trastornos, la dependencia emocional se sitúa en el extremo de un continuo basado en un rasgo adaptativo, que en este caso es la vinculación interpersonal.

Debido a la influencia de diferentes factores (carencias afectivas, experiencias tempranas negativas, baja autoestima, factores educacionales), estas personas poseen unas creencias y unos esquemas nucleares disfuncionales en los cuales no se reconocen como personas válidas ni merecedoras de amor y afecto. “No me lo merezco”, “No valgo”, “Si no me esfuerzo me dejará”.

Además, su característica principal se debe a la falta de estima que tienen hacia sí mismos unido a la combinación de autodesprecio y rechazo constante; idealizando a su pareja y poniéndose en una situación de inferioridad, creando una relación asimétrica y desequilibrada. “Yo me pongo de rodillas y hago a los demás más altos de los que son”, “yo soy poca cosa y tú lo eres todo, un gigante que me protege“.

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Las personas dependientes emocionales tienen un gran vacío emocional que intentan compensar con la existencia a su lado de otra persona con los siguientes rasgos de personalidad: ansiosos, evitativos e incluso rasgos hostiles. Es decir, a la persona con dependencia emocional le suelen atraer este tipo de perfil o temperamento personal, ya que concibe el amor como la admiración hacia una persona fuerte, segura de sí misma, a la cual someterse, refugiándose en esta relación que la salve de sí misma y de sus problemas emocionales. “Te necesito y sin ti no soy nada”, gracias Amaral.

Es importante destacar el acusado anhelo que sienten estas personas hacia su pareja, necesitan verla a todas horas, es su prioridad vital, su sentido de existencia, y cuando ésta ya no está, da lugar al conocido síndrome de abstinencia (sí, igual que tienen los adictos a drogas) caracterizado por una intensidad emocional negativa desproporcionada. Por eso, el dependiente busca e intenta por todos los medios volver con “su persona especial”. Pero si, afortunadamente, ésta se niega a volver; se adentrará en lo que se conoce como relaciones de transición. Estas relaciones son frías y funcionales que sólo sirven para mitigar los efectos de ansiedad y su miedo a la soledad, mientras el dependiente busca otro candidato al cual someterse. El mejor predictor de los comportamientos del futuro son los comportamientos del pasado, a no ser que uno cambie su Yo contexto; a no ser que uno haga una reflexión profunda acerca de los valores que le guían por la vida.

Cuando encuentra a esa persona que cumple todos los requisitos pertinentes, lo idealiza y se somete creando una relación desigual. El tránsito tan súbito de amores obsesivos nos muestra que los dependientes emocionales no están verdaderamente enamorados de las personas, sino necesitados de ellas, en otras palabras, el amor no está personalizado. O sea, las personas son totalmente circunstanciales, y mientras reúnan las características precisas para llenar el vacío del dependiente, podrán convertirse en personas idóneas para el puesto. Recuerda que el amor es una suma constante y que nos ayuda a ser más fuertes, más seguros y a tener una vida más completa y más rica, lo contrario es otra cosa, que no te vendan la moto.

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Por tanto, es importante valorar de nuevo las expectativas que uno tiene a la hora de establecer una relación de pareja, que vaya más de la ofrecida en los medios sociales y de comunicación. Necesitamos ser conscientes de los efectos nocivos de nuestra visión social del amor, para desarrollar una forma de relacionarse más sana y abierta, cambiando la excitación por una intimidad más serena y profunda.

Por último, cuando hablamos de normalidad en las relaciones de pareja podemos situar la autonomía emocional como punto intermedio y sano entre la desvinculación afectiva y la dependencia emocional. Un punto intermedio donde la persona sea capaz de pensar, sentir y tomar decisiones por ella misma, de forma responsable. Un punto en el que la persona se sienta cómoda y segura con ella misma y capaz de establecer relaciones afectivas saludables. Un punto que quede alejado de asumir una posición de entrega incondicional y cerca de una relación basada en la reciprocidad y en la bidireccionalidad. Más que un punto, ese modelo de relación, es un puntazo.

Este artículo ha sido escrito por mi colega Lara Avargues Martínez. Psicóloga a punto de finalizar el Máster de Sexología Clinica y Terapia de Pareja del ISEP y el de Psicólogo General Sanitario en la Universidad de Valencia. Joven, bien preparada, muy lista (yo tuve la fortuna de formar parte de un tribunal en el que defendió su trabajo fin de master y doy buena prueba de ello), con ganas de comerse el mundo y de dar a conocer las cosas que sabe, que son muchas. En este artículo y como no podía ser de otra manera, le he añadido un par de comas y las imágenes que lo acompañan, lo demás, es cosecha de Lara. En breve abrirá su propio blog desde el que aportará su visión sobre el mundo de las parejas, el amor, la sexualidad y la psicología. Una psicóloga con un buen presente y un excelente futuro, de hecho, el futuro es suyo y de colegas tan bien preparadas como Lara. Te dejo el enlace a su Facebook por si quieres seguirla y estar al tanto de sus andanzas por las redes sociales. Esta psicóloga, promete. A tope con la psicología