Todos los martes que coincidían con el número 14 de los meses con la letra “r” y siempre a la misma hora, Jose Luis (en los bares de ambiente que frecuentaba antaño era conocido como Pepelu) asistía a la consulta de un prestigioso psiquiatra del centro de su ciudad. Pepelu no era un gran tipo. Orondo, con un sentido del humor subterráneo, rígido, muy desordenado y poco inteligente, le encantaba la hipnosis y era un Lacaniano empedernido. Su comedor como el resto de su vida era muy austero, carecía de televisión y de aparatos electrónicos, y destacaba en su estantería una completa colección de cómics de Tintin, unos cuantos libros sobre historia de las religiones y en el centro de la sala sobresalían dos enormes fotografías de sus dos pasiones: el psicoanalista Jacques Lacan y el jugador de fútbol del FC Barcelona, Gerard Piqué.

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Jose Luis, trabajaba de oficinista en una entidad bancaria venida a menos en un edificio de veinte alturas ubicado a las afueras de la ciudad. Pasó de llevar grandes cuentas a regalar sartenes a cambio de planes de pensiones. Tenía ciertas manías que no le impedían llevar una vida extremadamente gris, no tenía pareja conocida, aunque según contaba el vecino de la puerta 4, el de las malas lenguas, su última pareja había salido pitando a los dos días de dejar su cepillo de dientes en el cuarto de baño. Y de esto hace ya siete años y medio. Desde entonces no se le conocía amor verdadero.

Hoy era el ansiado día de su “erreterapia”, le hacía gracia ese nombre jugando con los meses sin erre. Era muy gracioso. Tenía una hora por delante, su hora. Se recostó en el cómodo sillón del prestigioso psiquiatra tras esperar escasamente 3 minutos y medio en la sala de espera, y empezó a hablar de ciertos sueños que se le repetían cada noche desde hacía unos meses y que últimamente, habían tomado forma de pesadillas y le tenían bastante preocupado.

Mire doctor, cada tarde noche se me aparece un animal monstruoso que me persigue hasta darme caza. Es muy grande, tan grande y pesado como una morsa y del que no me puedo escapar. Parece que esté atado a algo que me impide huir; intento por todos los medios saltar, correr, escapar pero al final se sube encima de mí y me abraza. Cuando estoy a punto de ser aplastado por su exceso de peso me despierto con un tremendo dolor en el pecho y totalmente sudado. He consultado libros, me he comunicado con el espíritu de Lacan ouija mediante, me siento atascado y no sé que hacer. ¿Es grave doctor?

Cinco minutos de silencio psicodinámico inundaron la sala. A Jose Luis le gustaba ese reto intelectual: un duelo entre el yo pensante y el yo observador, los impulsos del charlatán que es la mente versus la consciencia y atención plena. Esos cinco minutos de desgaste intelectual fueron suficientes para caer rendido y quedarse dormido.

No hubo sueños con morsa enamorada, ni gol de Piqué con el selección española en el último minuto, ni carreras imposibles, ni sudores con dolores de pecho. En determinadas ocasiones, un buen silencio dice más que mil palabras. Por cierto, ¿alguien entiende a Lacan?